viernes, 17 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-10-25 10:35

Los demonios de un gobernante

Suele ocurrir en cada Gobierno, sea nacional, regional o local que, por virtuoso o inteligente que sea el gobernante, sus más cercanos colaboradores terminan convertidos en sus peores aliados.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | octubre 25 de 2014

Aquellos que se convierten en una corte de aduladores y que jamás aconsejan con la razón y la sensatez que requiere quien gobierna, suelen hacerlo más por la necesidad de agradar y consentir hasta el más odioso capricho de su Jefe.

Nicolás Maquiavelo en su obra el Príncipe, en la que plasma a lo largo de sus más de XXIII capítulos, las características del gobernante ideal, argumenta que “el buen gobernante para poder gobernar, ha de disciplinar a sus hombres’’. En la Administración Pública lo imprevisible termina haciendo costumbre, el rumor en algo cotidiano, las actitudes de desprecio para los miembros de una comunidad  y la arrogancia y hostilidad  de quienes ejercen la cercanía diaria con el mandatario y terminan estos siendo los argumentos para arruinar el presente y futuro de quien ostenta el poder y quien en la mayoría de los casos -como repetía Maquiavelo- termina también en el mismo circulo, sin disciplinar a sus inmediatos y cercanos colaboradores.

Una de las principales diferencias entre el mundo empresarial y el mundo político, radica sin duda en que el líder político busca en su equipo cercano lealtades personales, en tanto que el empresarial requiere lealtades acompañadas de talento en la labor que se le encomienda. Tal vez sea esta la razón para que encontremos al lado de nuestros gobernantes, hombres y mujeres con inmensa lealtad a su jefe, pero con poco talento en su labor.

El principal reto de quien está cerca al gobernante, es transformar su voluntad en talento y, si a esto le suma compromiso y humildad, se convertirá en una pieza fundamental para el éxito  de  quien han jurado lealtad y devoción. Normalmente frente a un pueblo o una comunidad  ocurre lo contrario, la voluntad es mezquindad, el compromiso es momentáneo y la humildad es arrogancia.

Solo con el tiempo y al finalizar los mandatos y en la ausencia del poder de aquellos que gobernaron, sucede que, al revisar el comportamiento y los aportes hechos por sus hombres de confianza, descubren que aquellos no eran sus verdaderos amigos sino sus propios demonios.