Lo que sigue, utopía o realidad
Humberto Cardoso
Desde que el actual gobierno, presidido por quien hoy es orgullosamente Premio Nobel de la Paz y las ya inexistentes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, que decían llamarse el ejército del pueblo, se sentaron a la mesa de conversaciones aquel 18 de octubre del año 2012, en la fría y lejana capital del Reino de Noruega, con el propósito de construir para los colombianos un país en paz, hemos transitado un largo y complicado camino, lleno de vicisitudes y contradicciones, en el que el apoyo de la comunidad internacional y el interés superior de las víctimas y las generaciones futuras, han sido determinantes para impedir su fracaso.
Nos encontramos en este momento en una etapa crucial del proceso, la implementación del acuerdo alcanzado para la terminación del conflicto, con una guerrilla desmovilizada y desarmada, en el que la denominada Jurisdicción Especial para la Paz concita todo el interés, como quiera que su finalidad es obtener la verdad, contribuir a la reparación de las víctimas y juzgar a los responsables de delitos graves, cometidos durante y en el contexto de la confrontación interna que se termina, garantizando la no repetición, y no, como algunos lo pregonan de manera malintencionada, una estrategia para la impunidad.
La Jurisdicción Especial para la Paz, será la responsable de adoptar decisiones que otorguen plena seguridad jurídica, a quienes participaron de manera directa o indirecta en el conflicto armado, respetando los lineamientos del derecho internacional a los que Colombia está obligada y contribuirá, decididamente, al logro de una paz estable y duradera.
En este escenario, el debate electoral que se aproxima para elegir un nuevo Presidente de la República, ha planteado un interrogante más. Quien puede ser la persona que asuma la jefatura del Estado colombiano y garantice la continuidad y el afianzamiento del proceso de paz?
Para responderla acertadamente, debemos estar convencidos de querer un país reconciliado y en paz, seguros de que el proceso que estamos viviendo no es una mera utopía, que es una realidad y que tenemos que estar dispuestos siempre al perdón, la más noble de las expresiones del ser humano, dispuestos a renunciar a la vindicta, a no alimentar el rencor.
