Lo que menos cuenta es la gente
En el desierto de las buenas ideas y el “cara a cara” en que está terminando esta puja por la primera magistratura del país, unos y otros pregonan la necesidad de cambio señalando en qué ha fallado o está equivocado el adversario en vez de explicarnos a los colombianos qué proponen para mejorar la situación.
Que “ellos no hicieron”, que “nosotros sí”, es el alegato estéril de los dos bandos que esgrimen sólo guarismos y tasas de crecimiento para medir la temperatura económica del país sin recetar los remedios para calmar las fiebres de las desigualdades sociales.
Todo mundo acusa o defiende desde las tarimas, las plazas públicas, las columnas de opinión, los debates y hasta en los editoriales; pero no aparecen los que les cuestionen a sus candidatos y líderes la falta de valores humanos en que ha caído esta contienda electoral. Como que a nadie le importa que se esté desplumando la paloma de la paz cuando es sacudida para enrostrarla como emblema de reelección o como pretexto de voltereta política.
El entusiasmo por los logros ciclísticos, el mundial de futbol y la fiesta sampedrina le borrarán a los colombianos mesurados las malas compañías y andanzas de trampa, chantaje y soborno en que fueron filmados y vistos varios protagonistas políticos aunque los implicados lo negaron sin ningún asomo de vergüenza y algunos hábilmente salieron a recusar pero eludiendo pruebas, así como escondieron la mano que juraron poner en la candela por defender la honestidad de sus ex colaboradores que hoy están prófugos, asilados, reos y procesados.
Los personalismos de los voceros políticos que co-administran no pocas instituciones gubernamentales, han relegado al pasado los ideales de calidad de vida que antes acaparaban el interés de las mayorías. El menguado poder de la política se ha arrinconado en algunas capitales y zonas especiales del país donde el caudillismo levanta su infraestructura partidista sólo para ganar las elecciones y no para darle respuesta a los problemas de la gente. Es tal la desconsideración, que un número importante de altos funcionarios públicos, en plena marcha de sus ejecutorias, decidió renunciar folclóricamente a sus responsabilidades administrativas para salir a apoyar las campañas sin importarles el mal ejemplo de su negligencia ejecutiva y el alto costo que representa el abandono intempestivo de sus puestos.
Así de oscuro está nuestro panorama político: lo que menos cuenta es la gente.
