miércoles, 15 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-09-23 07:59

Llovió

Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | septiembre 23 de 2015

Hoy 17 de septiembre a las cinco de la tarde, después de varias semanas de intenso calor, llovió en Popayán.

Sin poderlo evitar, recordé los desolados pedregales de la Goajira, los animales con el vientre inflado bajo el sol calcinante, los niños desnutridos y sedientos, las mujeres y los hombres con la resignación tatuada en la cara, los cactus sudorosos, el desierto…

Ojalá lloviera allá, pensé, como si se tratara de un acontecimiento. Sin poderlo evitar, recordé a César Vallejo: “Esta noche llueve en Lima y no/ tengo ganas de vivir, corazón”. Pero no estamos en Lima. Estamos en Colombia  de torrenciales invasiones, de hojas goteantes,  de ríos como mares, de precipitaciones insolentes. Por ahí dicen que somos un territorio de inconmensurables recursos hídricos, encharcado, casi líquido. Eso dicen pero los noticieros registran un panorama casi lunar, de mujeres batidas por el viento, hombres desdentados y niños como alambres. Nuestra cabeza de sal, despeinada por las tufaradas del Caribe, se muere de sed. A la inclemencia natural del clima se unen la depredación minera a cielo abierto y el olvido estatal y social. Una capa mohosa y polvorienta cubre sus pajonales y sus rancherías. Parecen fantasmas sin leyenda, alienígenas de un planeta que se tragó el abismo. Solo se nombran cuando de mencionar contrabando y trochas prohibidas   se trata. Para nosotros, colombianos del sur, del este, del poniente. Boyacenses, caleños, payaneses, tolimenses, opitas, llaneros, bogotanos y hasta costeños de ambas riberas, los goajiros son una especie de duendes que duermen bajo techos de palma custodiados por dos o tres chivos famélicos. Sin agua potable, sin educación, sin asideros alimenticios o de salud y a pesar de los recursos que para su supervivencia destina el gobierno -siempre enredados en el camino- literalmente agonizan entre los estertores del hambre y la sed mientras otros colombianos dejan correr el agua entre los dedos y hasta tiran la comida, ahítos, buchones, insensibles.

La Goajira y todo ese ejército  mendicante que llena el aire con su mudo lamento, proscritos de identidad y hasta de gentilicio; esa franja de la sociedad integrada por los desplazados, los desempleados, los ignorantes, los apaleados por toda clase de dolores, desmienten la verborrea politiquera que nos meten hasta por los poros. Dos plagas letales, como gallinazos en espera, planean bajo el cielo de Colombia: el narcotráfico y esa turba nefasta que se arrogó un calificativo respetable: los políticos.