Ligero de carga
Diógenes Díaz Carabalí
Emociona que un octogenario venga a Medellín a reunirse con líderes de todas las posturas, desde Aníbal Gaviria hasta Gustavo Petro, en la XXV Asamblea General de CLACSO, con la difusión de periodistas tan recalcitrantes como Darío Arizmendi y repetida en medios y horarios para resaltar cada frase, cada gesto, cada expresión del presidente que ha legalizado la marihuana, apoya la libertad individual, pregona la igualdad y la tolerancia basado en un discurso sencillo, nada extraordinario, creído de la necesidad de andar por la vida ligero de equipaje.
Sin duda, muchos, hemos seguido el itinerario de Pepe Mujica: sus años de prisión cuando luchaba contra la dictadura cívico militar en su país; la época en que formó parte de los presos políticos, rehén conque el estado uruguayo sentenció a los dirigentes Montoneros a desistir de acciones por el ajusticiamiento de los miembros encarcelados; los quince años de conminación sin duda testimonio de vida, valoración por encima de cualquier interés y ambición con la construcción de su discurso, su ateísmo con comillas sin cerrar porque manifiesta que “la edad me está acercando a Dios”, su panteísmo como garantía existencial.
El mundo, el país, necesita este tipo de discursos, más hoy, cuando el comportamiento, las leyes humanas, están direccionadas por comportamientos que nada tienen que ver con el bienestar de la mayoría. El mercado nos hace creer que la felicidad está íntimamente unida al tener, a la suntuosidad, a llenarse de elementos innecesarios; la economía ha sido cosificada y el nivel de vida, la riqueza, se mide por la cantidad de pertenencias que pueda acumular un individuo. Una sociedad totalmente individualista, suntuosa, de aspiraciones vagas, fundamentada en la libertad individual, tenida ésta como saturarse de necesidades innecesarias, de lujos, de comodidades a todas luces superfluas.
Lo necesita este país por ser uno de los más desiguales, somos el 14º país con mayor desigualdad. Pese al esfuerzo hecho desde el estado, con paternalismos dirigidos hacia los más desfavorecidos la riqueza continúa concentrándose, la tierra sigue acumulada en pocas manos, los bienes pertenecen a una inmensa minoría. Y no es discurso gastado de comunistas resentidos, es la realidad palpada en la calle, en la anarquía del rebusque, en los estorbos en el semáforo, en las mujeres que madrugan a buscar el alimento diario para sus hijos, en los campesinos que no obtienen una rentabilidad motivante para su proceso productivo, en la desocupación de nuestros jóvenes quienes no tienen otra alternativa que refugiarse en la droga y el alcoholismo como escape a su situación de incertidumbre.
Como dice Mujica, el problema no es de izquierdas o derechas, de creencias religiosas, de igualdad para homosexuales y lesbianas y su matrimonio, de contradicción racista entre etnias. El problema es nuestra incapacidad de ver al otro, al semejante, nuestra incapacidad de entender que un pueblo desnutrido, sin educación, sin posibilidades no puede tener desarrollo económico, no puede satisfacer a los grandes sectores de la población. Ojalá el discurso sirva, para los políticos, para los religiosos, para los empresarios, para quienes tienen el poder local, con el fin de dirigir los esfuerzos hacia el bienestar de la inmensa mayoría.
