Las reacciones tardías
Los dramas por los excesos de lluvias o las extremas sequías que ahora nos azotan son un preocupante problema de supervivencia humana; pero lo grave es nuestro conformismo. El hambre, la desnudez y el desamparo ajeno nos despiertan una enorme compasión ambiental, pero nada más.
Las tierras resquebrajadas, los lechos empedrados, los cauces en playón, los huertos y lotes desolados, los miles de semovientes esqueléticos y muertos por física hambre y falta de comida, como que sólo les duele al aborigen, al campesino, al ganadero, al agricultor y al ambientalista. Los demás seguramente nos preocupamos y hasta nos asustamos, pero hasta ahí. Se nos olvida que el Dios Creador nos otorgó la misión intransferible e impostergable de gobernar la tierra no como marionetas de un dios titiritero sino en la libertad de saber escoger entre lo saludable y lo perjudicial. Y esta es la opción que estamos prefiriendo.
Por considerarnos inocentes o inmunes ante los flagelos climáticos seguimos impávidos en la costumbre del despilfarro; y llenos de la soberbia de creernos capaces de todo gracias a los portentos de la ciencia, nos olvidamos que también somos una especie igual de vulnerable a los demás seres de la fauna y flora,.
El pecado del siglo XXI es el maltrato ambiental que en un desarrollismo devastador y un consumismo desaforado, se causa por acción incontrolada (talas, quemas, explotación minera, contaminación de caudales, despilfarro del agua, etc.) o por omisión desvergonzada (desaprovechamiento de aguas lluvias, falta de reforestación, olvido de la agricultura orgánica, etc.) La degradación medioambiental es el resultado de tratar a la naturaleza como una veta inagotable de todos los recursos posibles sin sentirnos ni inmersos ni en deudas con ella, como eco – dependientes de otros seres humanos, animales y vegetales. Si actuáramos como creaturas y dejáramos de comportarnos como dioses insaciables e irracionales viviríamos en mejor armonía terrenal.
Ya es periódico que corramos a enfrentar inundaciones o apagar incendios anunciados y tomar medidas para que no vuelva a ocurrir lo que por negligencia olvidamos que podría repetirse. Reaccionamos sólo cuando estamos con el agua al cuello o muriéndonos de sed. Ahora salen algunas autoridades, como en otros veranos, a dictar racionamientos, a cobrar los excesos de consumo de agua y a promover “aguatones” para socorrer comunidades en sed intensa y crítica sequía. Vuelve y juega.
