Las espadas se volverán arados
Por Froilán Casas
Siguiendo el libro Santo, la paz vendrá cuando los instrumentos de guerra, de violencia, se vuelvan instrumentos de trabajo. Continúa el profeta, cuando las lanzas se vuelvan podaderas; sigue insistiendo en el hermoso valor del trabajo. En varias ocasiones hemos dicho que la paz es consecuencia de la justicia. Mientras haya hambre, miseria, pésimas vías, malos planteles educativos, la salud no sea atendida y, sobre todo, cuando no haya desempleo y todo el mundo trabaje; no habrá paz. Si los corazones siguen armados, la paz seguirá muy esquiva. Si la justicia legal sigue empleándose con sesgos partidistas, con odio y los juicios estén precedidos de espectáculo, ridiculizando y poniendo en la picota a los enemigos; no habrá paz. Si se habla de perdón en La Habana (es indispensable para que haya paz); hablemos también de perdón frente a otros delitos. Por favor, tengamos un discurso coherente, no sesguemos el hermoso tema de la paz.
Las políticas de Estado han sido ofrecidas como asistencialismo, no como promoción. En este orden, estamos deformando la cultura del trabajo. El hombre es humano, cuando es gestor de su propio desarrollo. Las políticas de los gobiernos deben apuntar a enseñar a pescar, antes que dar pescado. Estamos generando una cultura de zánganos y resentidos sociales. La riqueza con la que Dios dotó a nuestra patria, en términos de recursos naturales, debe ser aprovechada en favor de la promoción del mismo hombre. Tenemos que llegar a una cultura en donde reine el imperio de la ley; ley que busca el bien común. Los espacios se deben ganar. Los éxitos deben ser consecuencia de la lucha y el trabajo denodado. Estimulemos la productividad, no la mendicidad.
Llevamos décadas hablando de pobreza y, no salimos de la miseria. La pobreza es más una mentalidad que un hecho sociológico. Saldremos de pobres, cuando nos propongamos salir de la pobreza: cuando las espadas se vuelvan arados y las lanzas podaderas. El trabajo es el secreto del desarrollo. Obviamente debe haber excelentes leyes laborales que favorezcan el bien común, sin sesgos de lucha de clases, en donde todos nos sintamos protegidos por las leyes y acudamos con libertad a los tribunales para quejarnos de cualquier atropello a la dignidad de la persona humana. La paz y la pobreza han sido temas recurrentes en las campañas políticas de todos los tiempos y, sin embargo, seguimos en la pobreza y en esta guerra fratricida, absolutamente inhumana, por décadas y aún, centurias. Se pone al pobre para usarlo e instrumentalizarlo, no para dignificarlo.
El apóstol Pablo censura a aquellos que no “quieren” trabajar; hasta el punto de afirmar que aquel que no quiera trabajar que tampoco coma. La holgazanería es un vicio que lo trajeron un buen número de peninsulares y fue corroborado, por una mentalidad ya ancestral encontrada en estas tierras, de una pereza llevada a la enésima potencia. Como quien dice: se juntó el hambre con las ganas de comer. La mentalidad romana del pan y circo llevó al Imperio latino a sucumbir. Nuestro Maestro en uno de sus mensajes nos dice, a través de una parábola que, aquél que guardó el talento, no lo hizo productivo, debe entregárselo al que sí lo hizo rentable. En sendos mensajes se nos habla del valor del trabajo. Trabajando todos, haremos un país próspero.
+ Froilán, obispo de Neiva
