La vida no vale nada
Por Aníbal Charry González
Y menos en este país de muerte, donde se le quita al semejante la vida por nada, y se mata la misma gente arriesgando la propia, poseídos por la cultura de la ilegalidad, la falta de respeto por la autoridad y la ley obnubiladas por la codicia, inconscientes del valor de la vida. Y es que la vida aquí no vale nada, no en el sentido que la describe la canción de Pedro Infante, de que “comienza siempre llorando y así llorando se acaba”, sino en el sentido criminal de quitársela a otro por 200 pesos, o por el pasaje de un bus, o para resolver una discusión entre vecinos, o por la tenencia de la tierra, o por mantener el poder político o económico, o en suma la de matarnos por todo, convertidos en cultores de la muerte.
Por eso con razón el escritor Fernando Vallejo afirma: “Insulto repetidamente para ver quien me mata. Y como todo en Colombia se quedará en la confusión. Si quieren una fecha para matarme que me digan y yo voy. Que me mate Colombia es una manera de salir del horror de la vida. Colombia mata 30.000 personas al año, que mate una más para que no vaya a perder el récord”. Y por eso agrega también con acierto que así elimináramos todas las lacras sociales que tenemos, el mal seguiría porque quedarían los colombianos, sumido nuestro país en una interminable crónica roja que ya lleva más de 200 años.
Es una sociedad enferma por matar y por matarse. Somos al parecer hijos irredimibles de la chingada. Hay que ver los registros permanentes de los crímenes infames que se suceden en nuestro país para tener que darle la razón a Vallejo, como el último registrado en el municipio de Sabanalarga, donde un hijo le pagó a un sicario menor de edad para que matara a su padre para quedarse con 2 motos y 18 millones de pesos. Y ni hablar de lo que registró El Tiempo el pasado martes 27, sobre el transporte de bebés en moto por parte de padres irresponsables, o el de la madre que ingresa por la ventana de un tren a su hijo para no pagar pasaje, o el de los estudiantes que ponen en riesgo su vida para hacer lo propio en el TransMilenio, o el de conductores que no les importa matarse o matar a los demás transgrediendo por deporte las normas de tránsito.
Y ni hablar de la corrupción impune en la administración pública que registramos a diario, la mayor matadora de gente, porque los únicos que pueden parar la mortandad son los colombianos cambiando de actitud con cultura ciudadana y valores morales que no existen, u obligándolos a cambiar por parte del Estado de la mano de la autoridad , la ley y la justicia que tampoco existen, cuando quienes lo dirigen no las pueden imponer cometiendo los mismos desmanes que hacen que la vida en Colombia no valga nada para que no sigamos matando.
