La terrible fuerza de la costumbre
Gloria Cepeda Vargas
A pocos días de la votación que definirá la suerte de los diálogos de La Habana, deshojamos la margarita entre el sí y el no. Lo que está en juego amerita la preocupación nacional y voceros de ambas orillas recorren el país con su mensaje a cuestas.
Lo obtenido hasta ahora por el equipo negociador del gobierno, es el resultado de una jornada titánica. De eso no cabe duda, como tampoco está en tela de juicio la labor de orfebrería de una de las partes, en este caso, del Gobierno; y la voluntad de cambio, así sea a regañadientes, del grupo guerrillero.
Pero sucede que las FARC no son la única causa de nuestras desdichas. Sin desconocer la parte que les corresponde en este inventario trágico, existe en Colombia un monstruo hasta ahora imbatible: la corrupción de cuello blanco.
Mientras persistamos en esta actitud, mitad perversidad y mitad arrodillamiento, clasificando a los criminales en “gente bien” y “pueblo mondo y lirondo”, con las inconsecuencias que esto representa, seguiremos escribiendo una historia insensata, en la que hasta lo más absurdo y vergonzoso medra a la sombra de eufemismos y subterfugios.
¿Por qué a los hermanitos Nule, duchos y desvergonzados atracadores del erario público, se les premia con casa por cárcel mientras el ladronzuelo callejero paga condenas interminables en esos desaguaderos inmundos que son las cárceles colombianas? ¿Y las aves de rapiña de Probolsa y los honorables contaminados con inconfesables tropelías y los administradores de las EPS y los que pasan de agache en esta feria de vanidades e injusticia?
Naturalmente que hay que decir sí al plebiscito, pero no olvidemos que la paz empieza ubicando a cada quien en el lugar y la circunstancia que le corresponde.
