La soledad de la democracia
Jhon Jairo Trujillo Quintero
Después del éxtasis de las elecciones, de la publicidad sofocante, de la audacia miserable del clientelismo y la proclama de vencedores y vencidos; la agonía de la democracia nos ubica ante la soledad del poder de las mayorías. La consumación de la lucha electoral, desploma el pedestal de alabanzas a los “salvadores”, rehabilita la perplejidad asidua de la pobreza y la desigualdad crónicas, y nos enfrenta a la fugacidad e insuficiencia de nuestra precaria noción de democracia.
Ya no se tiene a quien defender o acusar, a quien alabar o despotricar, los candidatos se han perdido en el gozo de la victoria o el hastío del fracaso. Ahora los elegidos no necesitan de la mayoría, sólo algunos volverán a mirarle con respeto y con comprometido sentido de representación; sin embargo, la soledad de la democracia unge en los elegidos el ideario de la impecabilidad y perfección de sus futuras actuaciones, sin necesidad de escuchar al pueblo y estar bajo su tutela. La colectividad se acomoda nuevamente, en la cruel indiferencia ante el proceder de los elegidos, o en la observación impotente de las actuaciones de los políticos.
Después de las elecciones, la participación ciudadanía y la deliberación política, es enajenada al actuar indeterminado de los representantes elegidos. La mayoría de los elegidos serán déspotas de sus convicciones irresolutas e ignorarán al pueblo organizado,como fuente legitima de control y validez de las decisiones a tomar. Los elegidos buscarán sus aparatos burocráticos, que a pesar de ser necesarias, no son suficientes para construir una democracia plena, donde las comunidades realmente vean en sus representantes la expresión de sus intereses colectivos.
La democracia se ha desgastado en el limitado marco de la lucha electoral, necesitamos de una reforma profunda de nuestra noción de democracia. El poder del pueblo debe ir más allá del ejercicio momentáneo de la escogencia. La representatividad de los elegidos cobra valor desde la legitimidad asidua y no solamente fundante, es decir, los representantes deben propiciar espacios de permanente comunicación con la población organizada y no organizada, para tener una legitimidad basada en la construcción desde abajo, y no aislar la aprobación de su proceder inequívocamente, al consentimiento previo y fundante de las elecciones.
La soledad de la democracia es el aislamiento del pueblo como verdadero sujeto de poder y transformación, y por tal propósito se debe fortalecer la democracia participativa como un complemento ineludible para dar garantía del modelo representativo. La vereda, el barrio, la comuna son escenarios geopolíticos para construir comunitariamente planes de desarrollo locales, donde participativamente todos los sujetos, con sus diversas características e intereses, consensuen propósitos colectivos y exijan a los representantes elegidos, la coherencia discursiva en el apoyo de las mayorías. La participación democrática y solidaria en los espacios locales, es la mejor forma de rescatar a la democracia de la agónica soledad provocada por la representatividad incoherente.
