miércoles, 15 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-07-16 06:55

La política y yo

Por Diógenes Díaz carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | julio 16 de 2015

Ante la generosa insinuación de algunos amigos para que sea candidato a la alcaldía de mi entrañable ciudad, me permito compartir algunas reflexiones, no sé si egoístas, no sé si reales, de todas formas reflexiones sobre la vida pública de la que me propuse escapar hace varios años.

El primer escollo para ser candidato son los avales. ¿Quién puede avalar a una persona sin más interés que servir? Una cosa que no se dice es que los dirigentes de los partidos para otorgar un aval, previo el precedente de que no se sufre de antecedentes penales, fiscales o disciplinarios ni ninguna otra enfermedad terminal, es que exigen pagar el aval. Allí no estaría en condiciones de hacerlo por simple ética personal. Dicen, lo repito, que para obtener un aval hay que extender efectivo (cheques no aceptan) por debajo de la mesa.

El segundo escollo son los votos. “Los líderes” tienen un costo, ellos son quienes mueven al elector y cobran por hacerlo. Para cada reunión, “Los líderes piden dinero para  proveer el sancocho, el asado; para el perifoneo y el aguardiente. Y “Los líderes” consideran que durante la campaña hay que realizar por lo menos tres reuniones: una para presentar al candidato, otra para intimar con el candidato, otra para realizar los compromisos que no se suscriben por escrito pero hay que cumplirlos. Además, “Los líderes” viven de eso, entonces hay que pagarles con creces y a buen valor su “trabajo”.

El tercer escollo es la plata que no la aportan los amigos de buen corazón. Hay amigos generosos que organizan rifas, banquetes, homenajes a los que los electores asisten y pagan entrada. Pero esas actividades son más políticas que financieras. Es para incluir al más comprometido en la campaña. El grueso de los recursos los aportan quienes aspiran a contratos y puestos. Ellos “invierten” de acuerdo a la compensación por recibir. Este tipo de negocio no se nota, ni siquiera el dinero entra en la contabilidad de la campaña. El candidato queda amarrado, ni siquiera dispone de autonomía para nombrar a la señora de los tintos, alguien, un “Jefe”, ha vendido el cargo.

Bueno, y, si, tengo hígados para cruzar todas esas triquiñuelas, viene el cuarto escollo. El negocio con los rivales. Si gano, me comprometo a nombrar a la esposa, a la madre, a la hermana del contrincante. Es decir: tengo que dormir cuatro años con el enemigo. El susodicho está allí, criticándome, tildándome de ineficiente, de despilfarrador, de corrupto, pero no puedo hacer nada porque fue compromiso.

Si gano, el presupuesto es escaso. No alcanza para llenar las expectativas de todo aquel que gritó durante la campaña: ¡Viva… viva…viva! Usted, mi apreciado amigo, primero en insinuar mi nombre, será el primer inconforme porque el negocio era para ambos. Como eres un amigo de confianza no te puedo llevar al gabinete, el equipo se forma con gente que cubra la espalda, que tome decisiones acertadas para “nuestras finanzas”. Y no faltará el sapo que muestre los documentos firmados bajo la mesa a las “ías” y, entonces, usted no me visitará en la cárcel para que no lo tilden de corrupto. Por todo eso, y por mucho más, ¡Gracias a quienes han insinuado mi nombre para alcalde mi ciudad! A pesar de los piropos.