La política del oidio
Esa es la que ha imperado en la ruin y devastadora actividad política nacional impulsada por la dirigencia tradicional para hacer primar los intereses del establecimiento decimonónico que nos ha dejado tanta mortandad,
y es la misma que impulsa el expresidente Álvaro Uribe para mantener dividido el país, pues esa política vitanda es la que les permite seguir teniendo vigencia para defender sus privilegios de clase.
Por eso hay muchos ingenuos que ignoran la sangrienta historia política de nuestro país que reclaman estérilmente al presidente Santos que se siente a dialogar con la obstrucción de jauría del uribismo con el fin de desterrar el odio de la vida política colombiana.
Y digo que es un llamado inútil porque el odio no podrá ser desterrado precisamente porque la extrema derecha que ahora encarna Uribe lo utiliza como estrategia de éxito y de vigencia política violenta, y de ahí que no le interese en lo más mínimo un diálogo con el presidente Santos alrededor de la paz en beneficio nacional, porque literalmente se quedaría sin banderas para seguir estimulando la política del odio que tantos réditos de sangre ha dejado para el mantenimiento del statu quo confesional y de desigualdad extrema que tenemos en Colombia.
Podrá tener el presidente Santos las mejores intenciones con su discurso conciliador para ver si terminamos con esa política del odio que tantos muertos inútiles nos ha dejado como en el enjambre de guerras políticas que hemos tenido, por esa estrategia infame que ha estimulado la dirigencia política, pero no será dialogando con la extrema derecha que acaudilla Uribe, a quien le interesa mantenerla a ultranza acudiendo a la mentira incendiaria que tanto éxito siniestro le dejó a Laureano Gómez para generar la mortandad de la violencia política en la mitad del siglo XX, que como sabemos puso más muertos que la que nos ha dejado la confrontación con la subversión.
No es sino mirar la historia violenta de nuestro país para entender la imposibilidad del diálogo con esa extrema derecha, a quien solo le interesaría destruir el proceso de paz para seguir agitando esas banderas de odio acostumbradas a la represión y a la sangría, como lo hicieron Núñez y Caro desde 1886 hasta el fin de siglo con un saldo de 170.000 muertos y en la guerra de los Mil Días que destruyó literalmente al país con un saldo mortal de 200.000 víctimas incluido el exterminio de los radicales y el final de la Constitución libertaria de 1863, que tanta inquina le generaba a los uribistas de entonces como ahora la Constitución de 1991.
Al presidente Santos se le ha dado un mandato legítimo de paz y lo que tiene que hacer es perseverar en el corrigiendo lo que haya que corregir y reformando lo que haya que reformar como lo ha dicho para lograr una paz duradera, sin que importen los ladridos calumniosos de quienes siempre les ha interesado mantener la política del odio que tanta sangre y destrucción le ha dejado a nuestra patria.
