La paz, una falacia.
Los colombianos nos hemos convencido de que las mentiras que se repiten a diario han terminado por convertirse en una realidad a la cual no queremos sustraernos, a pesar de que tenemos conciencia del gran mal que nos causa este ejercicio burdo de la democracia de papel que regenta nuestro Estado Social de la pobreza y la pauperización a la que el gobierno de turno nos ha condenado.
La forma reiterada como los medios de comunicación hacen eco de las mentiras piadosas con las que los políticos y gobernantes nos han acostumbrado, hace que terminemos por creernos hasta herederos de un reino que no nos pertenece y hayamos vuelto a reelegir a los mismos corruptos del Congreso de la República y nos anticipemos a unas elecciones para la Presidencia con dirigentes que no son más que la continuidad de este caos de cosas que nos acosan.
Por eso, el caballito de batalla que se ha utilizado para la campaña que acaba de pasar y la que vivimos con la presidencia de la República, es un simulacro de negociación, con el pretexto de alcanzar la paz. La realidad es otra. Ningún acuerdo nos puede ofrecer una reconciliación nacional, mientras en el Congreso de la República sigan los mismos dirigentes corruptos y nefastos representantes de los mecanismos de compraventa de votos o que desde las altas esferas del poder público, direccionan a los electores con dádivas y mermeladas o concesiones.
A su vez, podemos enfatizar que mientras los mismos gobernantes que rigen los destinos de nuestra nación, sigan enriqueciéndose y participando de las arandelas de los contratos y la malversación de los recursos, nunca alcanzaremos la paz que tanto esperamos.
Colombia está condenada a un ostracismo aberrante. La forma como tiene que establecerse un procedimiento para hacer respetar a la mujer en el Transmilenio, es una forma de discriminación odiosa en pleno siglo veintiuno, pero que toca toca, cuando las autoridades del país, la inercia e ineficacia de la Justicia, ha tocado fondo y no queremos admitir que las instituciones colombianas hoy por hoy, representan el foco desde donde la corrupción y la impunidad cabalga vertiginosamente hasta llevarnos al precipicio más aberrante que pueda anunciarse. Es la debacle de una sociedad en crisis que no tiene retorno.
La inseguridad en las calles públicas, la falta de educación, la ausencia de una adecuada atención en salud para los colombianos y ésta en manos de las empresas privadas, hace que cada día, con un desempleo galopante, nos cierre las puertas del regreso a la convivencia pacífica.
Y la Justicia que desde las grandes Cortes se imparte para este país, es un proceso grave que nos ha condenado al silencio y a lo que es este imperio de la mediocridad nos impide reconocer con una perspectiva de liberación, de cambio o de regeneración social.
El día en el que los colombianos nos movilicemos realmente hacia la construcción de una sociedad más justa, y participemos en forma activa hacia la reconstrucción de nuestra patria, pueden abrirse las puertas para soñar y tener la esperanza de una patria mejor, mientras tanto, esperemos que la Justicia Internacional juzgue a esos delincuentes que desde el Gobierno Nacional, abusan y se abrogan una legalidad que no existe y que nuestra propia institucionalidad no está en capacidad para juzgar.
La paz, no es posible y no se logra con un acuerdo de paz. La paz empieza cuando removamos todo el CONGRESO y dejemos de apoyar a los políticos corruptos que desde la Presidencia, Gobernación, Alcaldías, Asambleas y Concejos Municipales, vienen destruyendo lo poco que nos queda.
