La otra cara de la moneda
Gloria Cepeda Vargas
Desconcierta la catapulta de obnubilación que los llamados líderes carismáticos, proyectan. Me refiero a esa especie de nirvana –con perdón de la alta significación que tal vocablo entraña- que sublima de manera emotiva alguna circunstancia acaecida fuera de la órbita personal. Es decir, sumida en el espejismo que da la perspectiva.
El nefando régimen de Nicolás Maduro representa uno de estos inexplicables acontecimientos. A la vista está la agonía del pueblo venezolano, la depredación masiva de su economía y de su material humano. Los medios de comunicación estrenan el espectáculo de hambrientas multitudes que después de penoso recorrido, cruzan la frontera con Colombia en busca de un kilo de harina, de una bolsa de leche, de un tratamiento médico o de un medicamento que en ese momento representan para ellos el límite entre la vida y la muerte.
Mientras Hugo Chávez, el procaz, verborrágico e inescrupuloso uniformado, durante quince años de pan y circo trasladó los dineros nacionales a sus cuentas de banco y con habilidad de maromero trastocó hasta los puntos cardinales del país, el mundo hacía eco a su delirante comparsa. ¿Qué quedó de esos quince años de saqueo e irrespeto enmascarados en una ola histriónica y arrogante? ¿Dónde la salud y la educación que prometía en sus interminables peroratas? ¿Qué resta de esa serie de agrupaciones que con el nombre de misiones, no eran más que mercados donde se premiaba la fidelidad perruna y se castigaba el crimen de disentir, convirtiendo al pueblo en una horda ociosa y mendicante?
Hasta la presidencia del indotado Nicolás Maduro obedece, mediante de los buenos oficios del comandante, a los oscuros intereses de los hermanos Castro. El venezolano del común ignora hasta qué extremo perdió lo que por derecho le pertenecía. Todo lo rifaron, lo feriaron, lo destruyeron. El boom del petróleo, nunca antes aparecido con tal abundancia en Venezuela, solo sirvió para enriquecer el clan chavista y empobrecer hasta la indigencia el resto del país.
Hoy, con un sueldo mínimo de quince millones de bolívares y una bolsa de leche de cinco o un pollo de treinta devaluados bolívares, la inflación, como un monstruo desatado, engulle todo lo que se le atraviesa. Enfermedades que se creían erradicadas, reaparecen sin que exista ni siquiera una píldora analgésica para mitigar los atroces dolores de los niños enfermos de cáncer cuyos desesperados alaridos estremecen las calles aledañas al hospital infantil J. M. de los Ríos de Caracas. Ésa es la única verdad de un país que nada en petróleo y agoniza entre carencias inimaginables. La fibra irracional agazapada en alguno de los vericuetos de nuestra despiadada catadura mal llamada condición humana.
