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Opinión/ Creado el: 2015-03-18 06:41

La misma historia

Por Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | marzo 18 de 2015

Me moriré de viejo y no acabaré de comprender el animal bípedo que llaman hombre, cada individuo es una variedad de su especie, dice don Quijote.

Viendo el zafarrancho que ha salido a la luz en la Corte Constitucional, con todos los Preteles, Pinillas, Rojas, Pachecos,  y demás borlados que honran con su sabiduría  la suprema corporación, se me vienen a la memoria estas palabras escritas hace más de quinientos años por un viejo poeta que entrenó imaginación y palabras   recorriendo  los caminos de un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quería acordarse.

El escándalo que protagoniza la Corte Constitucional y fatiga cotilleos y medios de comunicación, desnuda una vez más nuestra mísera condición. Ya desde épocas medievales un hombre pensante pronunciaba palabras aplicables a los tiempos de ahora, lo que devela el mínimo crecimiento que hemos tenido a través de los siglos.

Lo que indigna de esta farsa, es su descomunal hipocresía. La esencia humana es corruptible. Por eso edificamos legislativos, ejecutivos y judiciales sobre arena movediza, las leyes son ineficientes y el mundo es una sucesión de guerras, latrocinios y crímenes que solo el “evolucionado” ser humano es capaz de imaginar y poner en práctica.

¿Hasta cuándo rendiremos pleitesía a la poderosa máscara? ¿Hasta cuándo cultivaremos esta vocación de títeres manejados por manos inescrupulosas? Ignoro si somos una multitud de masoquistas sin tratamiento siquiátrico o una horda de pervertidos y criminales tolerados y hasta mimados por quienes sufren las consecuencias de sus desviaciones. Es tanto lo que hemos permitido, que nos consustanciamos con lo inaceptable. Hasta el terreno del arte y del buen decir, fueron decapitados en nombre de la libertad de expresión. Nos atrevimos a retar hasta la ley de gravedad y a profanar los sutiles eslabones de la naturaleza, en pos de quiméricas obsesiones y el resultado está a la vista.

Solo cuando el agua nos llega al cuello, despertamos. Lo complejo del proceso de paz, la violencia contra niños y mujeres, la inseguridad asfixiante de calles y hasta de residencias familiares, el asalto al erario nacional y la corruptela de la justicia, son, con otras maravillas, un tsunami que nos está llevando por delante.

El problema es que la palabra se volvió un comodín. “Llegaremos hasta las últimas consecuencias”, “Se aplicará todo el peso de la ley”, “Estamos investigando”, “El proyecto es transparente”, son, entre otros testimonios reiterados hasta la náusea, frases de cajón. Ni la guerrilla ni el maridaje paras-ejército ni los dantescos robos de Alto Turmequé ni la inequidad social ni el clientelismo y el abuso de poder, son secretos. Todos sabemos lo que pasa, cómo pasa y dónde pasa. Pero nos basta el saludo de determinado personaje político o social para que perdamos la brújula.

Hoy son los doctores de la Corte,  flor y nata del ejercicio constitucional, quienes, debido a la responsabilidad que tienen en el manejo ético de la sociedad, deberían ser modelo de probidad. ¡Pero si la podredumbre hiede desde lejos! ¡Si los padres, abuelos, amigos violan a sus hijas, sus nietas, sus compañeras, en total impunidad! ¡Si los forados y no forados, se meten al bolsillo el peculio del otro en nombre de incomprensible términos jurídicos o inconfesables parentescos! Habría que empezar por cambiar la raíz del árbol y eso es poco menos que imposible.