La misión de la iglesia, fruto del amor
P. Toño Parra Segura
El tiempo pascual va desarrollando en su lenguaje litúrgico el cúmulo de gracia que Cristo nos mereció con su muerte y que comunica a la iglesia y al mundo con su resurrección: el Espíritu Santo, la paz, la liberación, la reconciliación, la fraternidad. En el evangelio de hoy, Jesús resucitado entrega, en la persona de Pedro, la exigencia y el don de apacentar, es decir, la misión apostólica. La pesca milagrosa simboliza la misión de la Iglesia confiada a la cabeza del grupo apostólico representado por siete discípulos, testigos de esta nueva aparición del Resucitado.
Se hace sobre el andamiaje de una pesca milagrosa que ilumina la promesa que había hecho Jesús a sus discípulos en el momento de la vocación: “Yo os haré pescadores de hombres” (Lc. 5, 1-11) Indudablemente, los protagonistas de esta escena son Jesús resucitado y pedro. Ya el apóstol había proclamado su fidelidad y lealtad tres años antes en ese mismo lago y había dejado las barcas y las redes para seguir a Jesús.
Pero en todo ese tiempo experimentó su debilidad por la arrogancia de sus promesas, su poca fe en el Maestro que lo llevó hasta negarlo en tres ocasiones en el momento más fuerte de la crisis.
Ahora, ante la expectativa vivida, no se atreve a asegurar como la había hecho antes de la pasión, que él lo amaba más que sus compañeros.
Lo importante de la escena no es tanto los 153 peces que hacían muy pesada la barca, son los detalles humanos del dueño de todas las cosas que piensa en el hambre de unos pescadores que durante toda la noche no habían atrapado nada y les ofrece un pescado puesto sobre las brasas y un pan.
“Vengan a desayunar”, dice Dios, que como fue hombre, no es ajeno a las necesidades apremiantes de los suyos.
“Toda la noche pescando y no habían cogido nada”. Conscientes de su debilidad ya probada, no dudan Pedro y sus compañeros en echar las redes a nombre de Jesús, no le dicen nada como expertos en el oficio y en el cálculo de las horas. Aquí está la experiencia que narran los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura cuando les prohibieron hablar de Jesús: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. La noche de la escasez, del vacío, de la ineficiencia, les sirvió para pensar más en el poder de Cristo que en sus propias fuerzas desgastadas.
Y viene, entonces, el diálogo final, punto clave del futuro: “Simón, hijo de Juan, tú me amas?, … Entonces, sígueme y apacienta mis ovejas”. Él espera la respuesta, no podemos ni engañarlo ni engañarnos. Ojalá le contestemos como Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”.
Les está diciendo a ellos y a nosotros: no es quedarse ahora satisfechos con el número en plenitud de peces cogidos, se trata de ir, de evangelizar, de contar el cambio, de pescar en un mundo tenebroso donde la noche es cada vez más oscura e incierta.
El sucesor de Pedro número 268, Juan Pablo II, en muchas ocasiones repite la frase de Jesús: “Rema mar adentro”, para seguir en la pesca de un mundo que, en su mayoría, aún no conoce quién le puede devolver la paz, aún en los sitios donde Jesús pasó toda su vida privada y pública. No olvidemos que la fuente del apostolado es el amor al Señor que produce la eficacia y la abundancia de sus dones. Del amor sale el impulso, la motivación, la fidelidad y la cosecha. Recordemos, además, que es “en la debilidad, como dice san Pablo, donde se muestra la fuerza del Señor”. Confiemos en el simbolismo de Pedro, el Papa, como la cabeza de la misión de la Iglesia, la barca que nunca se verá vacía ni hundida en el amanecer del tiempo.
