La maldición de un mal vecino
Por Julio Cesar Triana Quintero
Si quieres desearle a alguien la mala suerte, simplemente deséale un mal vecino. Pareciera que este adagio popular refleja lo que actualmente sucede con Colombia, primero con Hugo Chávez y ahora con Nicolás Maduro, es evidente que las últimas medidas adoptadas por el Presidente de los Venezolanos, como el cierre indefinido de la frontera con nuestro territorio deja ver los sentimientos de aquel mandatario por un pueblo al que llama “la hermana República de Colombia”.
Medidas como estas, generan graves afectaciones a más de 200 mil colombianos que llevan sus productos al país vecino, sectores como la cerámica, el ganado, el carbón y las manufacturas de plástico han sido impactadas negativamente por decisiones que no sabemos si obedecen a la protección del orden público y la paz en la zona de frontera o simplemente son parte del libreto populista a que el mandatario tiene acostumbrado su pueblo y a sus vecinos.
Declarar el estado de excepción en gran parte del estado de Táchira, buscando ampliar las facultades de la fuerza pública en la zona de frontera, se convierte en un riesgo para los Colombianos que comercializan en el vecino país; de hecho es conocido el abuso de la fuerza pública Venezolana con los Colombianos, lo que hace aún más riesgosa la situación de miles de colombianos que tienen como transito obligado la frontera Colombo-Venezolana.
Hace unas horas, un medio nacional daba cuenta que empresarios colombianos estaban perdiendo millonarias sumas, por la interrupción del tránsito de turistas que debían pasar por aquella frontera terrestre para llegar a lugares como Islas Margarita, lo que pone de presente que probablemente el asunto no solo tenga consecuencias en nuestro país, sino que además, cause un gran impacto a los coterráneos del despistado mandatario.
Con toda ésta problemática, creo que el respecto y la prudencia con que en buena hora ha actuado la Cancillería Colombiana ante las ultimas decisiones del Gobierno Venezolano son esenciales, pero no por ello dejan de tener un límite, pues lo que no puede suceder es que a expensas de la afectación de las condiciones de toda una población y una economía conjunta, se pretexte el mejoramiento de las condiciones de orden público como si esa no fuera labor de la fuerza pública.
Suficiente tenemos con nuestros problemas internos, como para que los que suceden en otro país nos afecten de forma tan determinante y debamos soportar un perjuicio más.
