La mal entendida laicidad del estado
Froilán Casas
La cultura en mucho aspectos ha venido evolucionando, por fortuna, -en otros ha involucionado-. Juzgar los hechos de pasado con la óptica del presente, demuestra ignorancia y la ignorancia es atrevida. Los hechos obedecen a unas circunstancias, no para aprobarlos, sino para comprenderlos en su contexto. Por otra parte, conocer los errores del pasado, evita repetirlos. Reconocer el error es ganar la verdad. El horizonte hermenéutico para leer la historia, no debe ser la posición política o religiosa. A cada Señor su Don. Veamos con serenidad los aciertos y desaciertos de los llamados prohombres de cada época. Por favor, no endiosemos a nadie. Pues bien, en nuestro caso, la Constitución de 1886 fue elaborada en un contexto histórico y no cabe duda que fue saludable en su época. Como fue elaborada por hombres, es una Norma falible, por lo tanto podía cambiarse en concordancia con las nuevas exigencias de los tiempos. Por la época fue normal aquí y en muchos países del mundo, la Constitución fue confesional. Con el devenir histórico, se fue viendo que era más saludable una Carta aconfesional. Así que, la Constitución del 91 no tiene casamiento con ninguna religión. A mi juicio, la aconfesionalidad de la Carta no puede interpretarse como una negación de las creencias culturales de un pueblo. Si el constituyente primario vive unas creencias, patrimonio de su cultura, ¿cómo un gobernante “amparado” en la Carta, masacra las creencias del pueblo que lo eligió? La tan cacareada aconfesionalidad no es la de combatir las creencias de un pueblo, sino el de respetarlas. En algunos gobernantes -pocos, pero lamentablemente se imponen-, quieren sacar del sector público todo símbolo religioso. Borremos entonces el pasado. Cambiemos los nombres de pueblos y ciudades: Santa Marta, Santa María, San Agustín, Santafé de Bogotá, Don Matías, San Gil, etc. Saquemos los nombres de hospitales como: San Rafael, Hospital de la Misericordia, San Juan de Dios, La Samaritana, etc. Porque con tales nombres se “irrespeta” a los no creyentes. En la misma línea, que los grandes de este mundo ufanándose de su agnosticismo, se quiten sus nombres, pues les recuerda el santoral cristiano: Vicente, Juan, Felipe, Andrés, Germán, Carlos, Oscar, Sergio, María, Marta, Inés, Verónica, Isabel, etc. Así se “liberan” de todo yugo religioso. Hay una larvada y a veces explícita cristofobia y eclesiofobia, -lo más grave con el silencio de los cristianos católicos-. No olvidemos que quien calla, otorga. Como van las cosas, esperamos que en un futuro cercano se debata en la Corte Constitucional el sacar del himno nacional, compuesto por un cristiano, Rafael Núñez, la frase: “Comprende las palabras de quien murió en la cruz”. Sí, tal frase es una “ofensa” a los no creyentes. Claro, por complacer a los no creyentes, entreguemos nuestras creencias. ¡Qué horror! Algunas teocracias de otrora han sido sustituidas por modernas democracias y eso está bien. Pero pasar de un Estado confesional a un Estado anti-confesional, qué pena, va en contravía de la democracia. En Colombia un gobernante ateo o agnóstico, si es demócrata, debe respetar la cultura de sus gobernados.
+ Froilán, obispo de Neiva.
