La locura de contradecir
Diógenes Díaz Carabalí
En Colombia, el país de las contradicciones, todo te lo contradicen. En este suelo de amarillo azul y rojo suele tener la razón el portero del barrio, el lustrabotas, el vendedor de loterías. Ni siquiera porque te estás haciendo embolar los zapatos, o porque pasas y saludas al vigilante ("Durmilante", les dicen algunos) con una palmadita en el hombro o porque compras un quinto a sabiendas de que nunca la lotería cae en público, dan por cierta tu afirmación que ha trasnochado, investigado y cavilado, sino que la razón está de parte del tegua, del empírico, del amanuense de las verdades apecho, de quien se ha graduado en la universidad de la vida, verdades por las que hay que hacerse matar. Eso si hablamos de cosas tan comunes como la salud y los méritos escondidos de la última planta traída de La India. Porque si hablamos de fútbol o de política, tú la tienes perdida. Son asuntos que polarizan, como para perder al mejor amigo, o que tu pariente más cercano te deje de visitar y vaya a contar a las tías que estás perdiendo el juicio o metiendo no sé qué cosas.
Uno cree que personas como la representante Cabal o la senadora Paloma Valencia no tienen defensores, pero los tienen y bastantes. Uno cree que el caso de Uribe, no el del terco sino el del violador y asesino de niñas, es asunto enjuiciado y condenado, pero sale un mecenas y lo defiende, hasta tribunales ventila posibilidades de darle la casa por cárcel, con permiso para manejar camioneta 4X4, con razones como que es producto del sistema o que su mamá no lo supo criar. Así como muchos defendieron a Pablo Escobar y lo justificaban o como se dolieron por la extradición de Carlos Ledher, apesadumbrados porque después de sus crímenes iba a los barrios más pobres a tirar billetes por montones.
La nuestra es una picaresca malsana. Fuimos capaces de asesinar a Andrés Escobar por haber hecho un autogol en un partido de fútbol que no era más que un juego. Fuimos capaces de matar a Jaime Garzón, un tipo que se reía de nuestra realidad y que nos hacía reír de nuestra política, que sigue siendo una caricatura.
Todo porque aquí, en este país, nos tomamos las cosas muy en serio. Las que no merecen ser consideradas tan serias, porque las realmente serias no merecen un mal genio, ni siquiera un titular en los noticieros repletos de crónica roja para avivar el morbo de una población hambrienta de rivalidades. Sufrimos situaciones vergonzantes, como el problema de desnutrición de niños, el asesinato selectivo de activistas de derechos humanos que no nos hacen sonrojar, que ni siquiera provocan un comentario, pero otros casos, de llana superficialidad, escondidos tras una pantalla, desde la comodidad de un escritorio o cuando andan rodeados de guardaespaldas, los bocones descalifican, insultan, ponen en riesgo la seguridad de personas por el solo hecho de pensar diferente, de tener otra visión del mundo, y se llega a la eliminación física como consecuencia de una adversidad marcada por la contradicción, como para decir que las discusiones nos enloquecen nos ciegan y nos impiden ver en el otro a un semejante.
