sábado, 11 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2017-03-22 09:00

La ley del atajo

Froilán Casas

Escrito por: Froilán Casas
 | marzo 22 de 2017

Hemos sido deformados a lo largo de siglos en la cultura de la mentira y de la trampa: todo lo justificamos. Frases como ésta: “Hay que bajar los índices de corrupción”, expresan este imaginario colectivo. En el imaginario cultural se va sedimentando el hábito de robar, de ganar el máximo con el mínimo de exigencias, síntesis: buscar el dinero fácil. La cultura de la disciplina, de la austeridad, de la constancia, poco se ve y más aún, no se enseña. Pero, ¿cómo? Si la mayor escuela es el ejemplo. Con frecuencia el Estado no promueve el trabajo productivo. El asistencialismo ha sido la política constante de todos los gobiernos. Infortunadamente el discurso populista genera respuesta favorable inmediata: trae buenos dividendos electorales. De acuerdo, pero ¿cuándo saldremos de la pobreza? La impunidad es una de las causas mayores de la criminalidad. Usted tiene que vivir “enrejado” pues el Estado a quien le paga impuestos, no lo protege. Es un Estado permisivo, cuando le conviene. El ciudadano honesto es inerme frente a tanto vándalo y si se defiende, ¿quién va a la cárcel? Los llamados derechos individuales, han arrasado los derechos colectivos. ¡Ah! Cuidado hable de los deberes, usted resulta cavernícola, fascista y todos los epítetos que castran el pensamiento. En ese inconsciente colectivo aparece la mentalidad de la trampa. La cultura del cumplimiento de la ley, es una especie en vías de extinción. Desde niños nos van enseñando en la casa a decir mentiras: la excusa médica que cubre el paseo programado por la familia, la ausencia del maestro o la llegada tarde del mismo sin causa justificada: ¡Ah! Pero viene la disculpa enseguida. Tenemos la excusa a flor de labio. Tenemos mil excusas para “justificar” el incumplimiento a las normas de tránsito. No se diga en el cumplimiento laboral: hay personas hipocondríacas que lo expresan los viernes, cuando hay puente. No sé por qué, pero buscamos las excepciones: la ley del atajo, por aquí que es más derecho. Haga este ejercicio: ponga un aviso PROHIBIDO PASAR, entonces despierta la curiosidad más grande y se busca el momento de ver qué hay detrás del aviso. En nosotros existe otra connotación cultural: nos enorgullecemos por quebrantar la norma. El niño sustrae un chocolatín en el supermercado y en llegando a la casa, lo muestra a la madre y ésta le dice, celebrándole el hecho: éste salió más vivo que el papá. El niño comienza a balbucear la palabra puta y, entonces todos ríen: el niño siente que todos le aprueban y lo ve como una celebridad. Alguien  cuenta que gastó tres horas de Bogotá a Neiva y los interlocutores le celebran el hecho como una proeza: usted debe participar en un “rally”; claro, el otro se siente estimulado. Hoy, admiramos al malvado: con frecuencia lo llamamos héroe. Quien le “defiende” la espalda al jefe, callando sus delitos: se le llama leal, ¿acaso eso no es más bien un alcahueta? ¡Atento! Una cosa es solidaridad: buscar el bien y otra, muy distinta, complicidad. Hay gente que defiende la solidaridad y en el fondo es cómplice del delito. Quien calla otorga. 

+ Froilán, obispo de Neiva