La Ley 1257 del 2008
Por Gloria Cepeda Vargas
Como sus antecesoras, la ley 1257 firmada el lunes 3 de julio por el Presidente de la República, que convierte el crimen cometido contra una mujer por su condición femenina en un delito autónomo, acreedor a una de las penas mayores aplicable al homicidio, es simple fachada.
Son cuatro las leyes con que cuenta el país para proteger a la mujer de la violencia demencial llamada de género, la cual, según datos de Medicina Legal, arroja un promedio de ochenta mujeres asesinadas al mes en Colombia. Cifra escalofriante que no incluye las quemadas, golpeadas, heridas, violadas, a toda hora y lugar en este país católico y apostólico, incluido el “sagrado” recinto del hogar, donde la violencia doméstica lo convierte en el lugar más peligroso para su integridad y menos a las víctimas de ese bombardeo asqueroso que con el nombre de palabras y gestos soeces, esgrime contra la mujer el macho celoso convirtiéndola en una letrina o en el mejor de los casos, en una pera de boxeo.
Leyes, debates, parágrafos, dictámenes, son hojas que arrastra un viento venido de muy lejos. Las palabras normativas dichas o escritas, son como las semillas, si no existe un terreno propicio para la recolección, se desintegrarán, la siembra será tiempo perdido y la cosecha inexistente.
Milenarios episodios supuestamente evolutivos, nos califican como a seres humanos. Es decir, entes donde el espíritu y el intelecto mandan la parada. Entonces es incomprensible que a estas alturas del tiempo vivido, nuestra ingenuidad, negligencia o perversidad, nos impidan convivir como seres civilizados.
La ley es un instrumento hecho para la utilización y el acatamiento de un cerebro en proceso. No para esta horda instintiva que antepone su apetencia inmediata a la facultad del otro. Que vive de arrogantes fábulas de género y construye su campo orbital y lo que es peor: su valor como hombre en la ejecución y a veces en la simple vanagloria de un acto animal. Ahí la ley, producto de la reflexión y el conocimiento, no pasa de ser un párrafo inane, muy poco leído y menos acatado.
Si a esto unimos esa bofetada inferida al sentido común que como las ratas prolifera con el nombre de machismo, remanente del aullido prehistórico y el desplazamiento cuadrúpedo que nos antecedieron en el alba de la humanidad, la eficiencia legal será solo un proyecto en ciernes.
Colombia es un país de leyes y leguleyos enredados en un concierto de cotorras. Más allá del barniz, ruge la selva. El feminicidio es vocablo acuñado en lo más primitivo de nuestra sustancia. La ley, loable pero incomprensible para la mesnada de machos tolerados hasta el delirio por todos los estamentos de la sociedad, no nos sirve en este caso. Es la fuerza bruta contra la procesada fuerza del pensamiento. Así de sencillo y desolador.
