martes, 14 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-12-06 02:16

La guerra y la paz

Jhon Jairo Trujillo Quintero

Escrito por: Redacción Diario del Huila | diciembre 06 de 2015

La juventud colombiana tiene un compromiso ineluctable con su tiempo, el decisivo orden de las circunstancias ha golpeado en sus aposentos, para despertarla del cómplice letargo de la indiferencia. El inédito llamado a las urnas para decidir la aprobación de los acuerdos de la Habana, constituye a su vez, un ensordecedor grito de renovación del coraje y la sensibilidad de los jóvenes. Es un deber ético político asumir una posición respecto de la forma de terminar el conflicto armado. Asumir cualquier posición, inclusive la del silencio, y sin embargo esta última opción al igual que la primera, debe estar sujeta al debate, al dialogo de ideas, a la confrontación política desde el escenario de la palabra y la argumentación.

Somos privilegiados por una edad espontánea y rebelde que no le tiene miedo a los fracasos del pasado, por la inocencia histórica de nuestra inexistencia precedente. No le tenemos miedo al futuro, porque la forma de imaginarlo depende de nuestra acción despojada de las ataduras de los determinismos y las alabanzas serviles. Sólo basta el propósito de empezar a construir los cimientos de un nuevo país, donde las penumbras de la guerra sean el retrato de un paisaje vetusto e indeseable.

 En 1957, Albert Camus en su discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura, planteó que “cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”.

Tal vez la tarea de reconstruir el mundo sólo será posible cuando la humanidad se encuentra al borde del abismo, en la inevitable desgracia de lo cotidiano, pero por ahora la complejidad del presente nos convoca a no dejar que se fragmente más el sueño de la paz. Los sacrificios individuales y colectivos para terminar con una guerra anacrónica y fratricida, siempre serán más razonables que la prolongación indefinida de las confrontaciones. No encuentro una alternativa política distinta para concluir las hostilidades que la alcanzada hasta el momento, y de la cual sería un error histórico fracasar en su refrendación.

Aunque algunos se resisten a simplificar la refrendación de los acuerdos, a una elección entre la continuidad de la guerra o el avance hacia la paz, indudablemente, ese es el escenario simbólico del plebiscito. Un fracaso en la legitimación ciudadana de los acuerdos, sería el anquilosamiento de las esperanzas, la perpetuación de las incertidumbres, y peor aún, la derrota en la lucha por un sueño de las mayorías, dilapidado por el desacuerdo e intransigencia de una minoría.

La guerra y la paz se han turnado la historia de Colombia. Una guerra arcaica e incesante con intermitentes soplos de entendimiento o de fatiga, pero muy lejana de una noción de paz verdadera. Ahora tenemos la posibilidad de invertir la balanza y hacer de la paz una mayor probabilidad. Los retos son complejos e interesantes, y la juventud debe ser el cuerpo vivo de esa ilusión perenne e inquebrantable del propósito de la trascendencia colectiva.