La generación desatendida
Triste noticia el consumo de estupefacientes en un predio universitario de Neiva y los 200 intentos de suicidio registrados en todo el departamento del Huila durante los primeros meses de 2013, sobre lo cual se comentaba de “…
una infancia maltratada, o con abuso sexual, una infancia que se atreve a atentar contra su vida; que abusa del consumo de alcohol y de sustancias sicoactivas; una infancia que convive con unos marcos de desprotección sin una orientación” Estos son seres sin proyectos claros de vida, que se la pasan aislados de sus mayores; que ambicionan el placer y la comodidad, pero rehúsan cualquier mínimo de esfuerzo y sacrificio; que se rebelan contra toda autoridad; que no les interesa para nada la vida política, ni quieren saber nada de religión; y que no desean escuchar, ni mucho menos leer, las noticias del diario acontecer.
En nuestra sociedad se están llevando por aparte el mundo de los mayores y el cada vez incierto e impenetrable mundo de los jóvenes y adolescentes que se han alineado en la abstención política, en las redes virtuales, en el sexo inmaduro, en la drogadicción temprana y en sus modas rebeldes, mientras los adultos seguimos muy ocupados en tratar de construir familia, sociedad y nación, pero sin tenerlos en cuenta, sin esforzarnos en saber lo que piensan y lo que sienten para comprenderlos y atenderlos mejor. Los miramos más como ciudadanos del futuro que como hijos del presente.
Continuamos impartiendo una educación vertical y una autoridad basada más en la recomendación o la imposición de aprenderse lo que indican los capítulos, artículos, numerales y versículos de la Biblia, la Constitución y los reglamentos, pero carecemos de la capacidad de seducirlos con nuestros comportamientos para que piensen, opinen y construyan con nosotros un país donde aprendamos a convivir en el amor a Dios, la libertad, el respeto a los derechos del otro, la compasión, la solidaridad y la honorabilidad. Pero otra realidad se muestra en la incoherencia cristiana, el clientelismo político, la voracidad mercantil y la corrupción creciente. Por eso los muchachos en cambio de ser actores de nuestros libretos e instrucciones prefieren ser autores de sus propios roles.
Hay que darle buenos ejemplos a esta nueva generación que lo que menos quiere es parecerse a sus mayores, pues nuestra vida no les convence y mucho menos los discursos donde casi siempre son los grandes ausentes y los excluidos.
