La escucha de la palabra, lo único necesario
P. Toña Parra Segura
Betania, siempre ha sido para los asiduos amantes de la Biblia, el lugar acogedor, la casa solariega donde Jesús encontraba albergue, afecto y atención.
A todos nos gusta ser bien recibidos con sinceridad y con hospitalidad cariñosa.
Jesús en sus correrías, a pesar de su seriedad, del rígido manejo de sus afectos familiares que colocaban siempre a su Padre por encima de todo lo demás, llegaba a descansar en la casa de los tres hermanos situada en los tiempos de Jesús cerca del camino que pasaba por la cima del monte de los olivos. Hoy, Betania es una bella ciudad junto a la carretera moderna que va de Jerusalén a Jericó y en el centro aparece la Iglesia de San Lázaro construida sobre la "casa de Marta, de María y de su hermano Lázaro". Este lugar de Betania es nombrado en varias circunstancias: allí resucitó a Lázaro, el amigo de Jesús, (Lc.10,38); en casa de Simón el leproso, María ungió los pies del salvador; (Jn.11,1-10) desde Betania envió Jesús a dos de sus discípulos en busca de la borrica y el pollino, para hacer su entrada triunfal a Jerusalén; (Mt. 21,1ss) a las afueras de Betania maldijo la higuera estéril (Mt.21,18-20); Lucas nos narra la escena de la Ascensión, como ocurrida cerca de Betania en algún collado del monte de los Olivos (Lc.24,50).
Hospedado con profundo afecto Jesús aprovecha las actitudes de las dos hermanas para damos el mensaje central de este Domingo lo único necesario, lo mejor y lo perdurable para el cristiano es la escucha atenta de la palabra de Jesús.
La tradicional costumbre del esmero por atender a los peregrinos, a los transeúntes se manifiesta en la acuciosa solicitud por salir a recibir al huésped; Marta lo hace y está pendiente de todos los detalles, quizá por eso estaba estresada y agitada por el aseo, la comida, el vino para que nada faltara. Todo esto es bueno, hay que hacerla, pero cuando ya ella le pide a su hermana que se pare de donde está y le de una mano, y le dice a Jesús que la convenza de esto, la respuesta de Jesús es clara y contundente.
La agitación, la inquietud, la dispersión, el nerviosismo, hay diríamos "el trajín diario" son causales de un activismo, que puede ser la caricatura del activismo cristiano, carente de un ideal preciso, de motivaciones y de mística. Todos podemos caer en ese afán perfeccionista de que lodo nos salga lo mejor y a la carrera. Podemos los presbíteros por atender a toda la liturgia, olvidamos de nuestra relación personal e íntima con aquel que vamos luego a bendecir y a alabar.
El defecto de Marta no era su actividad, propio de una mujer de casa, sino la actitud que inspiraba su angustia “Andas inquieta y solícita con tantas cosas..."
Jesús alaba la actitud de María, que aparentemente estaba inactiva, pero que se tomaba todo el tiempo por escuchar a su Huésped, por la unidad que ella experimenta entre el encuentro personal con Jesús en la oración y el encuentro de Jesús en los demás. Los santos lograron captar este mensaje y llevarlo a la práctica. Así San Ignacio nos invita a ser "contemplativos en la acción" y San Bernardo a su vez nos dice "Ora y trabaja". Lo importante es que la palabra siempre ocupe el primer lugar porque ella asimilada nos va a llevar a la acción. María nos enseña a recibir a Jesús no sólo en la casa sino primero en la intimidad del corazón.
Colocamos siempre a los pies de Jesús con humildad, para escucharlo es y debe ser el principio, el medio y el fin para una verdadera eficacia de conversión y de, acción, en lo personal y en los grupos apostólicos.
