La compleja manera de vivir
La vida per se no es difícil de administrar, la complicamos nosotros con la arrogancia que nos impele a apropiarnos de las decisiones ajenas en terrenos que solo a ellos pertenecen.
El suicidio asistido de Bryttany Maynard, hecho que desató un huracán de opiniones en contra y a favor, es ejemplo de lo que cito. ¿Con qué derecho el director de la Academia Pontificia para la Vida, monseñor Ignacio Carrasco de Paula, impugna un acto que solamente concierne a Bryttany y sus familiares más cercanos? ¿Los músculos del prelado sustituyen la sufriente carne de la víctima en los momentos de mayor tormento? ¿Dónde compró el inmueble? ¿Es él su propietario y debe asumir su carga, representada en un cuadro de dolor que a ella y solo a ella descuartiza?
El ovillo de la vida no existe para estrangularnos; supongo que algo no pedido: la condena a terminar de armar este rompecabezas al que siempre le falta una ficha, lleva implícito el derecho a escoger. Bryttany no es ejemplo de cobardía. Simplemente es un animalito acorralado por una tortura de cuerpo entero y al que nadie, por más desalmado que sea, puede obligar a sufrir inútilmente.
La sacralización del sufrimiento, su poder demiurgico o purificante, su sublimación como garantía de contraprestaciones de ultratumba, es el talón de Aquiles de esta cultura cada día más frágil, prueba de la infinita dosis de egoísmo que anida en el corazón de la fiera humana y de lo nocivo de mirar la vida con un solo ojo.
Lo mismo sucede con los urticantes temas del aborto y de los matrimonios entre individuos de un mismo sexo, situaciones humanas respetables e incomprendidas, propias de esta armazón infinitamente compleja, que constituyen, como nuestra torpeza y arrogancia, parte esencial del universo.
Algo que solo padecido en carne propia podría comprenderse, debe haber atenazado la sensibilidad de esta joven para llevarla a tomar tal determinación. El derecho a la vida es figura prioritaria en la mayoría de constituciones políticas del mundo y su defensa contra viento y marea, el impulso más poderoso que nos identifica.
Para renunciar a él de manera consciente, para auto expatriarse y derramar por voluntad propia esta sustancia irrepetible, destruyéndose con logística y premeditación incluidas, debe obrar un acicate que trasciende nuestras fronteras superiores.
Un poco de misericordia, señores jueces, honorables inquisidores, impolutos árbitros, para nuestros tropezones que también suelen incomodar a vuestras excelencias perfumadas. Un poco de caridad ante la desvalida condición humana, solo un adarme de lucidez para el valor y dignidad de esta joven que como nosotros, no es culpable de haber aterrizado sin pedirlo en esta desolación inmerecida.
