La columna de Toño: “Yo soy el pan de vida”
Por Padre Toño Parra Segura
El domingo pasado veíamos cómo Jesús alimentó a su pueblo en aquel lugar desértico y después huyó cuando pretendían hacerlo rey. Por la noche cruza el lago y a la mañana siguiente ya está en las calles de Cafarnaúm y allí también lo esperaba la multitud.
Juan a través de los signos nos va guiando con una verdadera pedagogía para la comprensión de la esencia del mensaje de Jesús. La Liturgia nos debe llevar a eso, a ir más allá de los ritos, reglas y admoniciones para que la celebración sea cada vez mejor una autentica catequesis cristiana.
En este domingo del tiempo ordinario, el Éxodo nos recuerda los prodigios realizados por la promesa de Moises con el maná y las codornices que hartaron al pueblo, sin satisfacerlo, porque renegaban de todo y Moises les repetía: “Es el pan que Dios os da de comer” (Ex.16, 15), pero ellos añoraban la olla de desperdicios cuando eran esclavos en Egipto.
San pablo hoy en la carta a los Efesios nos indica que la verdad de Cristo debe causar “la renovación en la mente y en el Espiritu” para dejar el hombre corrompido y crear una nueva condición humana a imagen de Dios.
Y San Juan en el encuentro de Jesús con la multitud nos muestra cómo Jesús no quiere ser un simple repartidor de pan, sino el “verdadero pan de vida, para no tener más hambre ni sed”. No hay que buscarlo sólo por lo que da sino por lo que Él es, y por eso exige creer en su calidad de Hijo de Dios.
“Trabajar por el alimento que perdura y no por el que perece” (Jn.6,27), es una orden que nos da Cristo a todos. El pan perecedero causa ambición, avaricia, lucha de clases, abundancia en unos y miseria y angustia en a mayoría; es un pan que divide, que envidia, que se guarda, se desperdicia y se pierde.
En cambio si trabajamos como dice Jesús, para poder ceer en Él, todo se nos dará por añadidura, porque Él sabe lo que necesitamos desde antes de pedirlo. Esto no significa que la fe sea como el tobogán para que la vida se nos deslice con mayor suavidad, rapidez y facilidad. San Pablo nos lo recuerda en una de sus cartas: “El que no trabaje que no coma” (2Ts.3,10).
Acudamos con fe a “Ese pan de vida” que se nos regala en nuestros altares todos los días, pero con la condición explicita de dejarnos cambiar por el Espiritu, para ser los hombres nuevos y renovados que necesita hoy nuestra iglesia, como discípulos y misioneros del único Maestro que es “El camino, la Verdad y la Vida”.
