La columna de Toño: Tres regalos de la pascua
Por el P. Toño Parra Segura
La Pascua de Cristo, su paso de la muerte a la vida es fuente de riqueza, de liberación y de alegría en la historia del hombre y más allá de ella.
La paz, la reconciliación y la fe entre otros muchos son dones y carismas que Cristo nos dejó como legado permanente de gracia.
La paz: la de Cristo, no es lo mismo que la del mundo. Desde su nacimiento la cantaron los ángeles en el cielo y en la tierra para los hombres que la quieran.
Hoy la completa con la victoria definitiva sobre el mal. Ya no puede haber angustia ni miedo. La paz del mundo es precaria, falsa y aparente. Se basa sobre los miedos mutuos, sobre el equilibrio del poder, sobre la carrera de las armas, sobre la intimidación, la explotación y represión de los débiles; por eso se rompe a cada instante porque está basada sobre la desconfianza mutua.
Cuando tengamos justicia y fraternidad, diálogo en el amor y disculpa de todo, allí nacerá de nuevo la paz, fresca y resucitada como la sintieron los discípulos encerrados y temerosos.
La Reconciliación: No basta la pura justicia porque ésta no lleva necesariamente al acercamiento y a la fraternidad, sin los cuales la paz es siempre incompleta.
El Padre había enviado a Jesucristo a buscar la reconciliación quebrantada por el orgullo del hombre que quiso volverse como un dios. Y como toda la Trinidad estaba pendiente de los resultados, el Espíritu Santo tenía que preceder el don de la reconciliación. “Reciban el Espíritu Santo” y así a “quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados y a quienes se los retengáis les quedan retenidos”; no obliga a nadie a obtener la gracia, pero se requieren condiciones de no pecar más para recibir el perdón. Aquí recibimos el sacramento de la gracia, no es pues un invento casual de la Iglesia, no tiene esquinces falsos de interpretación, menos para quienes interpretan la Biblia al pie de la letra. Pretender hacer la paz sin diálogo de reconciliación es una pérdida de tiempo y de ocasión.
La Fe: El proceso de fe es un regalo de Dios; toda la Biblia desde Abraham está basada en la fe en Dios en el antiguo testamento y en su Hijo resucitado en el Nuevo. Uno de los dichos que más historia han hecho es el que todos conocemos: “Ver y creer” como dice Santo Tomás. Al apóstol se le ha cargado siempre la mano como el primer incrédulo después de la resurrección. El tuvo su crisis de fe, es cierto pero fue pasajera, duró ocho días y su riesgo fue haberse separado de sus compañeros, porque cuando llegó Jesús, él no estaba, quizá lo estaba buscando en otras partes. El proceso de fe divina tiene su base en la fe humana. Pobres todos aquellos que aún en este tiempo, después de dos milenios de repeticiones de lo mismo, aún llegan a decir: “Yo no creo en nada ni en nadie, sólo en Dios”. Eso no es posible según Santiago porque si no creemos al hermano a quien vemos y palpamos, cómo podemos creer ahora en Dios que nos sigue siendo intocable?. La fe se basa en las personas y lo curioso es que no la pasemos todo el tiempo creyendo en el hombre y a Dios sí le exigimos milagros y pruebas. “No seamos incrédulos, sino creyentes”, pero habiendo pasado por la confianza, el conocimiento y el amor a los hermanos.
La razón no se opone a la fe, todo lo contrario la supone; mientras más sepamos más nos acercamos al que es la misma verdad. La fe ciega no existe, eso es un sofisma de distracción que alimentan los esclavos y Dios no quiere esclavos sino hombres libres por su verdad. “Señor mío y Dios mío”, eso lo repetimos siempre que Jesús tiene que hacer milagros morales para decirnos que El está vivo y resucitado.
Creamos al hermano, confiemos en él, es el primer paso para creer en Jesús.
