La columna de Toño: El padre misericordioso
Por el P. Toño Parra Segura.
padremanuelantonio@hotmail.com
San Lucas que no conoció a Jesús si no a través de San Pablo, se caracteriza por ciertos temas tratados en un estilo apasionante como éste de la misericordia, en una forma sencilla y clara como es el de las parábolas del Señor. La palabra misericordia tiene una raíz latina: míser = misericordia y cor = corazón, es decir, que es pasar la miseria ajena por la mitad de nuestro corazón.
Su evangelio se ha llamado el “Evangelio de la misericordia” y en este domingo 24 del tiempo ordinario, nos presenta dos de los tres episodios de la parábola del Dios misericordioso, caracterizado por la bondad de madre como lo pinta admirablemente Rembrandt en su cuadro famoso de “El regreso del Hijo Pródigo”.
En las tres parábolas hay elementos similares y actitudes comunes: oveja perdida, moneda perdida y dos hijos perdidos, el uno por alejamiento físico y el otro por distancia dentro de la misma casa.
El motivo de la parábola es la incapacidad de los fariseos para escuchar a Jesús y el amor y solicitud de Cristo que había venido a salvar lo que estaba perdido. Los pecadores acudían a él para oírlo y los fariseos para criticarlo, así a ellos les fastidiaba el trato y la cercanía del Maestro con los publicanos. Hay en el fondo del pasaje: huída de Dios, rescate, alegría y celebración.
Frases exageradas: pastor que por buscar una oveja, abandona las 99 restantes, alegría más grande por un pecador que se arrepienta, que por los justos que no necesitan convertirse; olvido total de lo que hizo el hijo menor, sin necesidad de confesión, fiesta grande para recibir a quien prácticamente lo consideró como muerto al exigirle la herencia, que sólo se pide cuando el padre se muere.
La alegría es contagiosa y así tanto el pastor como la mujer y el padre bondadoso lo expresan externamente, llamando a sus amigos, amigas, vecinos y al hijo mayor, para participar del regocijo de lo recuperado; es más, se organizó en la casa del Padre una gran celebración: el novillo más gordo, la mejor ropa, el anillo real, música y alborozo.
Esto es lo de tener en cuenta para identificarnos en nuestro lenguaje no con la oveja negra, o con el hijo pródigo o con el hijo mayor, que es más repugnante que el que se había ido de la casa. Ni el abandono de Dios, ni la huída, ni el abusar de su confianza en la casa del padre, son motivos para que Dios cambie en su actitud salvadora. La moneda se pierde en la casa, lo mismo que el hijo mayor, que no esperaba sino la muerte del padre para quedarse con el resto de herencia, sacándole en cara una fidelidad tramposa y un estar al lado del padre sin amarlo. Ese Padre, que de ninguna manera es imagen de un padre terreno, transciende los caminos torcidos de sus hijos, su soledad la alimenta con la esperanza y sus manos como las de una madre están siempre abiertas para el perdón y la alegría. Tenemos que imitar a este padre que nos invita a ser misericordiosos como él, que acoge y perdona siempre, que olvida todo y que nos tiene preparado un banquete eterno.
Tengamos cuidado de la levadura de los fariseos que se creen los buenos y los justos, que juzgan y condenan y que siempre critican al discípulo de Jesús que se mezcla con los pecadores.
Nos podemos perder, aún estando en la casa de Dios, manejando con mezquindad lo que no es de nosotros, siendo legalistas como los fariseos y sintiendo envidia porque Dios es bueno. “Sed misericordiosos como vuestro padre celestial es misericordioso”.
