sábado, 11 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2017-05-04 09:32

La arremetida

Gloria Cepeda vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | mayo 04 de 2017

En aquella época a las chicas no nos quitaba el sueño la menguada talla del brassier o  el escaso material de la popa. Translúcidas como vasos recién lavados, cada oquedad o saliente corporal eran el complemento de una obra original. Y a pesar de la carencia  de anzuelos prefabricados, eran muchos los chicos que a la salida del colegio nos esperaban para entrenarnos  en las  lides de una galantería de bolero y balcón.

Leyendo en la prensa de hoy una noticia titulada “Médicos rebaten fallo sobre cirugías estéticas”, me entero de que “la Corte Constitucional permite que las cirugías plásticas con carácter estético, se puedan practicar desde los catorce años, siempre y cuando tengan el permiso de los padres”.

Sucede que le señor Efraín Armando López estableció una demanda contra la ley  1799 del 2016 que prohibía estas intervenciones. El demandante sostiene que “los jóvenes mayores de catorce años ya están en capacidad de realizarse dichas cirugías y al no tenerlos en cuenta, se les viola el núcleo fundamental de su derecho a la intimidad” (?). Esto a pesar de que médicos especializados en siquiatría infantil opinan que a esa edad los menores aún no han completado su desarrollo emocional “y existe una fragilidad en este sentido que impide tomar decisiones en firme dentro de un marco de responsabilidad”. El vitrinazo continúa con una danza  donde la “no aceptación del cuerpo a esa edad” le hace guiños a “los entornos familiares que comparten esa patología” y las  “madureces mentales” vestidas de gala, preparan  a los  pectorales de 12, 14 y 18 años de existencia, para la presentación en sociedad; es decir, para el salto al vacío.

Ni la Corte Constitucional ni las familias supuestamente deschavetadas ni los adolescentes  en trance, son culpables de semejante forcejeo. La verdadera responsabilidad  de que a estas frutas todavía verdes se les despelleje y remiende sin pensar en las consecuencias, la tiene  el morboso  alud publicitario con que los medios de comunicación nos  bombardean las veinticuatro horas del  día.

Aproximadamente, la mitad del tiempo televisado, lo copa la publicidad. Un desfile de mujeres y hombres jóvenes, promocionan rizos instantáneos y  glúteos despampanantes; cuellos, pestañas, uñas, cinturas, omoplatos, pantorrillas y peronés de última generación. La mujer es el blanco preferido de  este despliegue “mágico” donde el concepto de dignidad naufraga con la autoestima a  bordo. Mujeres que parecen maniquíes se desmadejan, se desgonzan,  se ofrecen y desnudan,  bajo toneladas de cremas embellecedoras, litros de menjunjes milagrosos o  ungüentos “que te harán irresistible”, con un trasfondo  de miradas lánguidas y arrumacos propios de una débil mental. El contoneo de colas arremete, una pierna desnuda hace que sí,  que no, que quizás; el impudor enmascarado  arrasa mientras  un  comadreo  al rojo vivo, puja y se desorbita a uno y otro lado  de la pantalla.

Es la apología más descarada que puede hacerse de la depredación humana y de sus presas favoritas: las adolescentes. A su natural desorientación, se une ahora esta sarta de perversidades toleradas. Digo perversidades no basándome en la moral tradicional; lo digo por la deformación mental que esto produce, por la adulteración despiadada de la esencia, por la inconformidad que provoca una inversión de valores de semejante calaña.

En los manuales que promocionan bisutería para uso femenino, abundan ahora las fotografías de niñas de cuatro, seis, ocho años, grotescamente engalanadas con collares y demás arandelas. Parecen enanitas desubicadas. Ésa es la manera de prepararlas para la yunta y la silla de montar. Ya habrá tiempo para hipotecar su libertad.

Los medios de comunicación y de manera específica la televisión, son empresas con toda la aridez que portan las leyes del mercado. Ahí no existe  un átomo de alma, espíritu o energía vital. Cortes Constitucionales,  leyes de ocasión o familias al borde de un ataque de  nervios, son palabras que se lleva el viento. Pero que el dueño o la dueña de un cuerpo fresco como el rocío desee sustituirlo por un mazacote  de silicona, nos está diciendo a gritos la necesidad que tenemos de recapitular y obrar en consecuencia.