jueves, 16 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-11-01 09:27

La angustia de estar enfermo

Quienes normalmente gozamos de relativa buena salud no sabemos (¡hasta que un accidente nos lo enseña dolorosamente!)

Escrito por: Redacción Diario del Huila | noviembre 01 de 2014

la angustia y la vergüenza que causan ciertas enfermedades cuando impiden al paciente ejercer sus funciones fisiológicas naturales; evacuar sus excrementos personalmente, hacerse el aseo del cuerpo por su propia mano; movilizarse  por sus propios medios sin la ayuda generosa de los demás… 

Es la vergüenza de depender de los otros para funciones tan íntimas; la impotencia al verse  incapaz de hacerlo; el pudor ofendido al exhibirse desvergonzadamente, y otros mirándolo como si uno fuera un objeto; la impotencia al saberse un estorbo en lugar de un apoyo para sus seres más queridos. La terrible  ausencia de la privacidad y con ella la pérdida de la dignidad personal. Y la conciencia de todo esto, agrava proporcionalmente los dolores e impide la recuperación, porque esa angustia y vergüenza repercuten en el cerebro con sus mensajes negativos y este, al reproducirlos, agrava los males. ¡Porque todo lo dirige el cerebro!

Eso es lo que acabo de experimentar angustiosamente. Y si no ha sido por  los médicos  y enfermeras de la Clínica Medilaser que con sabiduría y paciencia profesionales me trataron; por  los cuidados fervorosos y los consejos  de mi esposa y su colaboradora doméstica, enfermeras  ambas; por la comprensión de mi familia, especialmente  mis hijos;  por las visitas alentadoras del señor gobernador Carlos Mauricio Iriarte, el exparlamentario Guillermo Plazas Alcid; los miembros de la Academia Huilense de Historia y el Círculo de Periodistas de Huila, los contertulios del Botalón, los hermanos de la Logia y  numeroso amigos; por las llamadas cordiales del señor Obispo Froilán Casas y amigos  y familiares desde Bogotá, Medellín, Cali, Estados Unidos, Suiza, España  y Bélgica; si no fuera  por todo esto, reconozco, no estaría ahora recuperándome lenta, pero seguramente. Muchas gracias a todos.

  Aunque debo dejar constancia que el infierno en este mar de bondad, ha sido permanecer terribles horas en uno de esos  lugares de tortura que en Colombia llaman “Salas de urgencias”;  casi sin médicos, una enfermera por  cada quince o veinte  enfermos graves, tirados en los pasillos, acosados por el tránsito de decenas  de personas hacia oficinas administrativas y consultorios, estorbando a los demás,  y una  ofensiva alcoba “VIP”, superdotada, pero siempre, ¡siempre! desocupada, a la espera de que se accidente un ricachón o un alto funcionario.   Y para salir de allí,  esperar el milagro de que haya  una cama en un piso para ser atendido como se debe. ¡Es urgente revisar  el funcionamiento de las salas de urgencia en la ciudad  y el país! Son inhumanas y  muestran todas las falencias de nuestro sistema de salud impuesto por la absurda ley  100. Aunque hay quien piense irracionalmente que este sistema es inamovible por los intereses  económicos dominantes  y que estaremos siempre bajo el imperio de los negociantes de la salud  y no podremos estar nunca bajo un régimen sensato que tenga en cuenta los intereses y valores de  los enfermos, los médicos y enfermeras que  los tratan y los  hospitales que los albergan.