La angustia de estar enfermo
Quienes normalmente gozamos de relativa buena salud no sabemos (¡hasta que un accidente nos lo enseña dolorosamente!)
la angustia y la vergüenza que causan ciertas enfermedades cuando impiden al paciente ejercer sus funciones fisiológicas naturales; evacuar sus excrementos personalmente, hacerse el aseo del cuerpo por su propia mano; movilizarse por sus propios medios sin la ayuda generosa de los demás…
Es la vergüenza de depender de los otros para funciones tan íntimas; la impotencia al verse incapaz de hacerlo; el pudor ofendido al exhibirse desvergonzadamente, y otros mirándolo como si uno fuera un objeto; la impotencia al saberse un estorbo en lugar de un apoyo para sus seres más queridos. La terrible ausencia de la privacidad y con ella la pérdida de la dignidad personal. Y la conciencia de todo esto, agrava proporcionalmente los dolores e impide la recuperación, porque esa angustia y vergüenza repercuten en el cerebro con sus mensajes negativos y este, al reproducirlos, agrava los males. ¡Porque todo lo dirige el cerebro!
Eso es lo que acabo de experimentar angustiosamente. Y si no ha sido por los médicos y enfermeras de la Clínica Medilaser que con sabiduría y paciencia profesionales me trataron; por los cuidados fervorosos y los consejos de mi esposa y su colaboradora doméstica, enfermeras ambas; por la comprensión de mi familia, especialmente mis hijos; por las visitas alentadoras del señor gobernador Carlos Mauricio Iriarte, el exparlamentario Guillermo Plazas Alcid; los miembros de la Academia Huilense de Historia y el Círculo de Periodistas de Huila, los contertulios del Botalón, los hermanos de la Logia y numeroso amigos; por las llamadas cordiales del señor Obispo Froilán Casas y amigos y familiares desde Bogotá, Medellín, Cali, Estados Unidos, Suiza, España y Bélgica; si no fuera por todo esto, reconozco, no estaría ahora recuperándome lenta, pero seguramente. Muchas gracias a todos.
Aunque debo dejar constancia que el infierno en este mar de bondad, ha sido permanecer terribles horas en uno de esos lugares de tortura que en Colombia llaman “Salas de urgencias”; casi sin médicos, una enfermera por cada quince o veinte enfermos graves, tirados en los pasillos, acosados por el tránsito de decenas de personas hacia oficinas administrativas y consultorios, estorbando a los demás, y una ofensiva alcoba “VIP”, superdotada, pero siempre, ¡siempre! desocupada, a la espera de que se accidente un ricachón o un alto funcionario. Y para salir de allí, esperar el milagro de que haya una cama en un piso para ser atendido como se debe. ¡Es urgente revisar el funcionamiento de las salas de urgencia en la ciudad y el país! Son inhumanas y muestran todas las falencias de nuestro sistema de salud impuesto por la absurda ley 100. Aunque hay quien piense irracionalmente que este sistema es inamovible por los intereses económicos dominantes y que estaremos siempre bajo el imperio de los negociantes de la salud y no podremos estar nunca bajo un régimen sensato que tenga en cuenta los intereses y valores de los enfermos, los médicos y enfermeras que los tratan y los hospitales que los albergan.
