Justicia paquidérmica
Gloria Cepeda Vargas
Después de mucho tiempo y como si fuera un favor o un esfuerzo titánico, la justicia empieza a trazar los primeros garabatos. En mayo del año 2000, la periodista Yineth Bedoya fue víctima de una trampa armada por paramilitares con la complicidad de funcionarios del INPEC y agentes del Estado. En cumplimiento de sus funciones, acudió a la cárcel Modelo de Bogotá y a la entrada fue secuestrada por el paramilitar Alejandro Cárdenas Orozco, alias J.j. Sometida por él y sus compinches a vejámenes inimaginables, su caso, enredado en un siniestro ovillo donde todo lo sórdido que infama al “sexo fuerte” tiene cabida, durmió el sueño de los justos durante dieciséis años. La vergonzosa cayapa ejecutada por estos “varones”, hiede a kilómetros de distancia. De acuerdo a confesión emitida por uno de ellos, lo hicieron como retaliación a las investigaciones de la periodista en relación “con la desaparición de decenas de personas en la Modelo, muchas de las cuales habrían sido descuartizadas dentro del penal”.
El paramilitar J.j., infractor de lo que impone la Jurisdicción Alternativa de Justicia y Paz y con todas las características que identifican al delincuente nato, fue condenado por el Juez Quinto del Circuito Especializado, a once años de reclusión con una rebaja del 40% de la pena concedida por colaboración con la justicia. Es decir, a pesar de que este delito fue declarado crimen de lesa humanidad, el delincuente se ve favorecido con casi la mitad de exoneración del castigo que en buena lid merecería.
Éste es el colmo. Una alimaña como ésta (muchos de sus cómplices son representantes o ejecutores de la justicia en el país), capaz de provocar a sangre fría sufrimientos indescriptibles a un semejante, es tratado como simple ladrón de gallinas. ¿y la víctima martirizada hasta el delirio por la mente y el corazón podridos de estas fieras hambrientas, cómo queda? Otro puñetazo directo a la mandíbula de esta sociedad momificada. No digo un nocaut porque hace tiempo nos lo asestaron. Solo así se explica el estado cataléptico en vivimos y morimos.
