Juan el bautista, el testigo de la luz
P. Toño Parra Segura
Iniciamos la tercera etapa de preparación para la venida de Jesús, con la figura profética de Juan, personaje de enlace entre los dos testamentos.
El mensaje de esta liturgia de la palabra invita a la alegría por la buena noticia de nuestra salvación.
Nos hemos contagiado tanto de noticias de muerte, que ya no hay conversación, ni encuentro, ni predicación, ni oración que no nos recuerde las tristes consecuencias del pecado; sufrimos una especie de masoquismo para alimentar una actitud negativa de nuestra mente, ignorando lo que decía el Quijote: “Recordar nuestras dolencias es sufrirla dos veces”.
Desbordar de gozo y de alegría, sentir el Espíritu de Dios como María en su cántico de alabanza, ¡No extinguir el fuego del Espíritu! como lo aconseja Pablo a los Filipenses y en especial ser portadores de buenas noticias, reconfortará nuestro ánimo para la gran fiesta de la familia cristiana.
Por el Bautismo hemos sido ungidos para ser portadores de la gran noticia de que Dios nos ama, de que Él nos eligió para ser profetas, así tengamos que quemarnos los labios “con carbones encendidos” para seguir proclamando nuestra liberación.
Es como una olimpiada de gracia permanente, donde todos tenemos que caminar por el desierto de la vida con las luces encendidas y con una voz que sea fiel al testimonio de nuestro compromiso.
Hay la tendencia de acomodarnos a toda circunstancia, no simplemente por la capacidad de adaptación que es signo de inteligencia, sino para no tener problemas, y para dejar que todos pasen por encima de lo que pensamos y creemos.
Este Juan vestido con piel de camello, alimentado con lo que se da en desierto, de rostro austero y curtido por los vientos y la arena, es todo un mensaje, aunque no hubiera dicho ni una sola palabra.
Parece que el desierto no tuviera eco, porque eso es lo normal, pero en este caso único en el mundo esa voz resuena con acento de verdad y de angustia: “Hay que allanar el camino” y esto ya es un eco de Isaías que traerá la revolución futura. El que se sienta muy alto para dominar a los vasallos tiene que bajar y ponerse al nivel de los humildes. También el que está acostumbrado solamente a hablar y “cuya única fuerza es su lengua” pues que se calle y aprenda a escuchar los corazones cansados de tanta palabrería. Pero el que esté muy abajo, en el complejo de inferioridad, que aprenda que vale tanto como el de arriba y que también debe ser escuchado.
La luz es Cristo, Él lo dijo, nosotros somos portadores de esa luz y este es el reto de esperanza para todo el mundo cristiano. Si nos invaden las tinieblas del mal no le echemos la culpa al vecino, ni a nadie, es que dejamos apagar la luz que se nos dio encendida.
Al igual que Juan, todos los bautizados somos profetas, con una verdad que no podemos ni ocultar, ni disimular, ni acomodarla a nuestros caprichos.
Somos como Juan testigos de la luz, ¡No la dejemos apagar!.
