viernes, 17 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-08-16 10:29

James Rodríguez Vs. El Capo

Cualquier político daría todo por tener la capacidad de convocatoria que generó el fútbol en el pasado mundial en nuestro país.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | agosto 16 de 2014

Sencillamente fue impresionante, espectacular, sin antecedentes en la historia de Colombia, la inmensa identidad nacional que se vio evidenciada durante la contienda universal.

Hombres, mujeres, jóvenes, niños, adultos, deportistas y no deportistas, empresarios, empleados, comerciantes, amas de casa, estudiantes, trabajadores, vendedores, y secretarias vibraron con los goles, jugadas y acciones del onceno colombiano.  Fue toda una fiesta que congregó a todo el país.  Fue un espectáculo mundial que hizo alejar imaginarios colectivos de todas las índoles, esfumó preocupaciones, conflictos, desdichas, decepciones y muchas otras aflicciones de los colombianos. 

Nunca antes había observado yo una situación parecida: casi todo el mundo portaba una camiseta de la selección. Los vehículos fueron adornados con banderitas, escudos, y artefactos tricolores permitiendo aflorar una identidad nacional perdida, inerte, latente y, quizás, desvalorada.  Los más jóvenes tuvieron la oportunidad de presenciar por primera vez a la selección colombiana en un mundial de fútbol.  Y eso para ellos fue lo máximo.  Pues no sólo presenciaron un magnífico concierto deportivo, sino que admiraron y conocieron detalles de sus jugadores predilectos.  Y de esos predilectos, como un ícono previamente pensado, emergió el joven James Rodríguez para deleite de todos.  Digno embajador de los colombianos, merecedor de elogios, premios y estímulos.  Ganador del Botín de Oro, por su papel de goleador, y autor de un nuevo imaginario colectivo de todos los colombianos.

Ese fue el panorama hasta la segunda semana del mes de julio.  Hasta cuando culminó el mundial, hasta cuando terminó el mejor espectáculo del mundo como lo dijera el desaparecido Carlos Arturo Rueda C.

Pero de pronto, toda esa alegría se trastocó con la llegada de El Capo III, el programa televisivo que lleva un par de semanas intentando atrapar las audiencias de un país que vive pocas alegrías colectivas como la del mundial.  Un espacio lleno de más de lo mismo. Un espacio lleno de intrigas, engaños, violencia, sicarios, mafia, armas, estupefacientes, tráfico, corrupción, crimen y hasta sarcasmos. 

Los que defienden este tipo de programas argumentan que es necesario ambientar la realidad del país, que vale la pena mostrar lo que se vive día a día, que no hay que ocultarlo.  Pero más allá de estos comentarios, de los argumentos de los canales privados (sus dueños pertenecen a los grupos económicos más poderosos del país), de los directores y realizadores, existe un componente estrictamente mercantil.  Son bien conocedores que los colombianos son adictos a este tipo de temas violentos.  Pareciera que al colombiano le gustara ver sangre, repasar imágenes de masacres, delitos, crueldad, corrupción, engaño, maldad.

Es decir, ellos producen lo que saben que a la gente le gusta. Se aprovechan de ello.  Se amparan en la ingenuidad, en las pocas alternativas, en lo que está de moda, en la fragilidad de las audiencias.  Contribuyen a crear en los jóvenes unos íconos o patrones de comportamiento semejantes o iguales a la realidad que viven.  Por eso surgen los niños que quieren ser como el Capo, como Gacha, como Rosario Tijeras, como Lehder. O ser actores directos de un programa llamado Pandillas, Guerra y Paz.

Creo que no es necesario plasmar en la televisión la situación de violencia y corrupción que vivimos todos los días.  Me parece que eso es, como decía mi papá, echarle más leña a la candela.  Es como avivar ese flagelo, esa dramática situación a que hoy se le suma una terrible inseguridad.

Pienso que debe hacerse lo contrario.  Contrarrestar esta situación con otras acciones más positivas y más propositivas.  Más formativas, más educativas, más ejemplares.  Pues es mejor ver el vaso medio lleno que medio vacío.  Por favor, padres de familia, adultos y docentes, ayudemos a ver el vaso medio lleno.

Es en medio de esta controversia cultural y económico-social que se debate el país del momento.  Un país dentro de un Estado Social de Derecho que observa pasivo y, quizás impotente, cómo el empresarismo privado hace de las suyas con los ciudadanos.  Es por eso que surge la balanza que obliga a escoger entre la identidad positiva y ejemplar que encarna el goleador del mundial y un programa lleno de mafia, sangre y balas.  Es por eso que surge la “lucha” James Vs. El Capo.