Indignación
El informe que ya reposa en la Fiscalía indica que hacia las 9:18 de la noche del miércoles anterior, miembros de la columna móvil Gabriel Galvis de las Farc lanzaron dos “tatucos” -explosivos artesanales- que fueron a parar en una vivienda indígena de la vereda Calandaima, zona rural de Miranda, en el departamento del Cauca.
Según el Ejército, el objetivo de los guerrilleros era atacar a unidades militares, sin embargo, la ya conocida imprecisión del artefacto utilizado, hizo que cayera sobre una muy humilde vivienda ocupada por indígenas.
El balance o pudo ser peor. El mortal “tatuco” que no es otra cosa que una pipeta de gas cargada con explosivos, metralla y cuanta porquería se les ocurra meterle, cayó en la habitación donde dormía la pareja de indígenas junto a sus tres hijos, todos menores de edad.
Allí murió de manera instantánea Yurani, una inocente niña aborigen de apenas dos años de edad, quien nunca tuvo que ver con el conflicto y que nunca le hizo mal a nadie.
Una víctima más de esta guerra fratricida, donde pelean dos (guerrilla y Estado) y donde la gran perdedora es la población civil, en su mayoría campesinos e indígenas como Yurani, que solo anhelan que los dejen en paz para poder trabajar la tierra y vivir tranquilamente.
¿Por qué las Farc siguen utilizando estas armas no convencionales? Porque simplemente quieren hacerlo y porque no les importa el daño que puedan hacer.
El país aún no olvida la tragedia de Bojayá (Chocó). Ese fatídico 2 de mayo de 2002 la guerrilla lanzó un “tatuco” de éstos a los paramilitares que los asediaban, y como pasó el miércoles en Miranda, éste se desvió y terminó estallando en el interior de la Iglesia donde los campesinos intentaban favorecerse del fuego cruzado.
El saldo fue de 119 civiles muertos y la indignación nacional e internacional por la indolencia de un grupo guerrillero.
Como vemos no es la primera vez que las invenciones malignas de la guerrilla generan tragedias de grandes proporciones, pero lo peor es que se siguen registrando, con el agravante que nadie hace nada.
Un gesto de las Farc, en momentos en que hay un país escéptico con lo que está y pueda pasar en La Habana, es confirmar que no vuelven a utilizar estos elementos. Ese sería un gran gesto que le daría un aliento a este enredado proceso y por lo menos dejaría en el ambiente que la muerte de Yurani no fue en vano.
Pero sabemos que los negociadores de La Habana jamás lo dirán, por lo que es necesario que los voceros del Gobierno y en especial el presidente Juan Manuel Santos lo exija como condición para reanudar los diálogos. Por el momento lo sucedido solo puede generar indignación y la más dura de las críticas a una guerrilla que cada día se aleja más de la intensión de paz que dicen tener.
