Huila, Territorio Solidario: Proceso de paz, en una encrucijada
Por Israel Silva Guarnizo
Las negociaciones de paz se encuentran en la incertidumbre producto de las acciones que el Gobierno y las FARC-EP han realizado en los últimos días. El estado actual de las conversaciones se preveía porque dialogar en medio del conflicto traería como consecuencia, crisis como las presentadas actualmente. Si a eso le sumamos la falta de acompañamiento de la población civil en la negociaciones de paz, la firma del acuerdo dependería únicamente de la voluntad de los dos actores enfrentados. Los países garantes solo actúan como facilitadores de buena voluntad para que las partes no se levanten de la mesa.
La mayor dificultad en los procesos de paz es la desconfianza entre los negociadores durante los diálogos. En otras épocas se presentaron iguales situaciones que llevaron al rompimiento de las negociaciones. Juan Manuel Santos, expresó que no se repetirían estrategias anteriormente presentados para no incurrir en los mismos errores, pero solo tuvo en cuenta el proceso llevado a cabo en El Caguán por parte del presidente Andrés Pastrana, el cual se caracterizó por llevarse a cabo en el territorio colombiano y en una zona despejada sin presencia de las Fuerzas Militares. Buena parte de la crisis y la terminación de las negociaciones decretada por el Gobierno se dieron por el recrudecimiento de las ofensivas de parte y parte que agudizaron el conflicto y que dieron al traste con el proceso de paz.
Este Gobierno se ha resistido a reconocer las exigencias más que de la guerrilla de las organizaciones de la sociedad civil que han solicitado la implementación de la tregua bilateral como mecanismo para mantener la confianza y el desescalonamiento del conflicto con el fin de disminuir la intensidad y evitar más víctimas en la guerra mientras se está en la Mesa de Negociación. Ese ha sido por ahora el mayor obstáculo que hasta el momento se presenta, sin desconocer los demás puntos pendientes del pacto. Desestimar y descartar la tregua bilateral por parte del Estado y del establecimiento que ostenta una débil legitimidad por los fenómenos que corroen el sistema y la falta de credibilidad de la población, es tanto como reconocer que su autoridad radica únicamente en el poder de la armas consagrada en la Constitución Política de Colombia y que renunciar al uso de ellas en medio de los diálogos, es claudicar y ello llevaría a las críticas de los que se oponen a la paz.
Las FARC-EP decretaron la tregua unilateral y Juan Manuel Santos reconoció la disminución del conflicto, lo que evidencia que sí existe voluntad de uno de los actores como requisito imprescindible para que avancen los diálogos hasta la firma de la paz y el llamado postconflicto. El camino y el tiempo necesario para sanar las heridas de una guerra de más de sesenta años no son tan fáciles ni tan rápidos como quisiéramos. La firma de la paz no es una alianza de los vencedores contra los vencidos como en los juicios de Núremberg. La nuestra es una paz sin vencedores, ni vencidos, ojalá no se nos olvide esta realidad; así cueste aceptarla.
