Hoy como ayer
A 78 años del fusilamiento de Federico García Lorca, las cosas no mejoran. La crueldad e ignorancia que determinaron uno de los hechos más bochornosos de la España de los años treinta, pasea su cola de pavo real y sus dientes de hiena por el mundo.
Como si no hubiera transcurrido el tiempo, la mezcla de fuerza bruta e intolerancia con el pensamiento del otro, respiran satisfechas. Hijos de todo lo malo y lo bueno que dejó el español, a semejanza del perro que se prepara a dormir, nos empeñamos en dar vueltas como trompos en el mismo lugar.
Amanecía el 18 de agosto de 1936 sobre los campos y las ciudades de la España manchada de sangre de “rojos”, cuando las “camisas viejas” y las escuadras negras de las emergentes fuerzas falangistas, decidieron cortar de un solo tajo el árbol más florido de la intelectualidad española de principios del XX. Cayó Federico para no levantarse y con él los lirios andaluces de “Yerma” y El Romancero. Ni siquiera el sortilegio surreal que lo circundaba, impidió que la fuerza bruta y el alarde machista hicieran de las suyas. Sobre la palabra y la idea recién amanecidas, se puso el sol.
Esto se me viene a la cabeza viendo cómo, a más de medio siglo de moler y esperar, sucede lo mismo en Colombia. No hay limitación más implacable que una mentalidad petrificada. Si bien es verdad que esa aleación de culturas bárbaras y sofisticadas que definió la historia peninsular fue agente colonizador para los latinoamericanos, es incomprensible que la sucesión de logros en los campos científico, humanístico y tecnológico, haya permanecido hasta ahora ajena a lo más importante: la depuración de la acción y el pensamiento políticos.
Sé que la ignorancia y la miseria impiden al pueblo actuar con lucidez, que ya no establecemos diferencia entre lo lógico y lo irracional, que el dinero y el poder bien o mal habidos son la única carta de presentación en esta feria de vanidades, que la mentira adobada de acuerdo a las circunstancias, se pasea entre nosotros como Pedro por su casa.
Y no es cuestión de filósofos, sociólogos, abogados o politólogos. Para medir la magnitud del abismo en que caemos, basta mirar desapasionadamente los acontecimientos de cada día. No puede ser coincidencial que hoy la palabra político sea sinónimo de indecencia y ventajismo.
Nada perdurable puede construirse sin ética ni conciencia. Ni siquiera algo tan abstracto como es el arte, sobrevive amasado sólo con subterfugios mal llamados racionales. Lo que está sucediendo en el ámbito político de este país es preocupante. El problema colombiano no es sólo la guerrilla ni las Bacrim ni los hijos y huérfanos del narcotráfico. El maniqueísmo no es buen consejero y mucho menos esta egolatría disfrazada de patriotismo y buenas intenciones que planea como ave de mal agüero sobre las soledades de Colombia.
