domingo, 12 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-08-04 08:38

Hilda Pardo, “Al final de la poesía”

Diógenes Díaz Carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | agosto 04 de 2016

Hilda Pardo nos comparte su último poemario, “Al final de la poesía”, después de una vida dedicada a la literatura como complemento a su vocación de maestra consciente y crítica, para hablarnos de la musicalidad de las cosas más próximas, de los géneros más indeterminados, de las identidades más desapercibidas. Encuentra el verso en las superficies más perfectas, en la obscenidad imaginaria de las titilantes pantallas de los electrodomésticos, incluso haciendo belleza de los objetos más desapercibidos como un gancho de ropa o una bolsa de basura.

Es lo que denominaría la poesía de la sufriente cotidianidad, el extrañamiento ante la invasiva presencia de los aparatos electrónicos, una crítica a nuestra dependencia de la comodidad, para decir que nos estamos hartando de basura como un “Coro que canta una línea equivocada”, visto en el profundo desenfado que nos ahoga o en el vacío mental que nos inunda, para comparar que informarnos es diferente a conocer, que la ciencia tiene una escala en la experimentación y que la sabiduría es la dueña de la capacidad que contamos para discernir las conveniencias, de hasta dónde podemos permitir que la tecnología al servicio del mercado voraz acabe con nuestra independencia y nuestra capacidad de reinventarnos.

Es lo que conocemos de la poesía de Hilda Pardo, una fijación mental en la contemporaneidad. La moderna aventura de lo que carcome la sociedad infalible, el modelo que acarrea formas a cortapisa, sin permitir la diferencia, todos vestidos a uniformes a rayas, el mundo como una inmensa prisión bien ilustrada por Hollywood cuando el caballo de Troya se ha metido a los hogares, se ha metido a nuestras cocinas. La palabra de Hilda Pardo es un grito desesperado a la alienación, a los supositorios que degenerados nos introducen por los caminos de los barbitúricos y la sexualidad, la pornografía y la superficialidad, los males que terminaron con Sodoma y Gomorra, por no decir la causa de la caída de los imperios griego y romano. Tenemos espejos pero nunca aprendemos. Vivimos una sociedad decadente.

 Es un clamor por la vida, que Hilda Pardo evoca. Un grito desgarrador que lanza con los dedos del corazón, cuando ve por las rendijas de las calles un universo que “Surge como un oscuro signo de duda a lo lejos”. Es la preocupación por un mundo que nos atan con cuerdas de polietileno y nos meten en bolsas como un agujero negro. Devasta la presencia en la palabra de Hilda por el esfuerzo de decirnos que estamos vivos, que tenemos oportunidad, que debemos detenernos, un alto en el camino para revisar lo que estamos haciendo, encantados por matar, por hacer morir de molicie, por llenar el mundo de gases nauseabundos sin permitir que nuestros semejantes respiren, con tal de mostrarnos los Kilos de siliconas que caben en los glúteos de los pretenciosos hombres de hoy que no tienen saciedad. Hilda sorprende con sus nuevos poemas por escribirlos con la verde crudeza de una danza macabra, con la impotencia de vernos cómo sucumbimos ante la avaricia y la ambición.