Hay que cumplirle a FARC.
Diógenes Díaz Carabalí
Hay muchas quejas de los miembros de las FARC sobre incumplimientos del gobierno durante esta primera etapa del desarrollo de los acuerdos. Incumplimiento en aspectos elementales como es la logística necesaria para la ubicación de sus miembros en los “Campamentos veredales”, que consiste en dotar su ubicación, su manutención, sus condiciones de salubridad. Se nota la eterna enfermedad del burocratismo que impide el desarrollo pronto de actividades para que estas personas cuenten con un lugar digno para vivir esta primera etapa del proceso, en donde la autoridad correspondiente debería poner todo el empeño, pues en cada detalle se pone en juego el proceso: que siga adelante, que se consolide; pero además que estas personas que han estado vinculadas a la guerra sientan la acogida de un estado y una sociedad que busca incorporarlos, después de haber aceptado las condiciones pactadas.
Tendría que el estado haber tomado medidas de emergencia para cumplir con lo pactado. Tanto enredo para tomar decisiones que son urgentes. No faltará, desde luego, quien quiera meter la mano y llevarse su tajada, como en los refrigerios de los niños en las escuelas, como en la droga que se provee para la atención de los estratos bajos, como en cada actividad que el gobierno emprende en donde muchos buscan obtener ganancias jugosas, en donde muchos quieren meter las uñas. Por qué no dejaron que ellos mismos manejaran sus recursos, construyeran sus campamentos, compraran sus alimentos, sus mantas, sus colchonetas, construyeran sus lugares de aseo. Ya se dice que los alimentos que les proveen son de mala calidad y algunos en estado de descomposición. ¡No, pues qué acogida!
Basta decir frente a esta muestra de desidia que el proceso aún se puede dañar, que todavía están armados, que todavía pueden volver a sus actividades de combate, de guerra, que falta aún un largo trecho por recorrer para ver consolidada la paz, no sea que por falta de un rollo de papel de higiénico, una panela, unas lentejas, una libra de arroz volvamos a la guerra que tantas víctimas nos ha costado. Vivimos una paz chévere, hasta da gusto ver a nuestras fuerzas armadas en relax, a nuestros policías dedicados a sus tareas de protegernos patrullando confiados para controlar delitos comunes, a los helicópteros parqueados en los hangares, a los tanques de guerra estacionados en los garajes. Da gusto no escuchar el ruido de las balas, da gusto las metralletas silenciadas. Qué bueno volver por las carreteras polvorientas sin riesgo de ser bajado de los carros para ir a un paseo por la montaña porque lo exige “El comandante”.
Pero esta paz hay que cuidarla, construirla no solo desde el papel, sino desde los detalles del acuerdo para que se asiente en nuestro entorno como un logro básico y fundamental en favor de la convivencia de todos los colombianos sin ningún tipo de discriminación, sin temor de amenazas inventadas. Pero que cumpla el estado, porque la hilaza se puede romper por lo más delgado.
