martes, 14 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-11-03 08:28

Hambre

Luis Miguel Flórez Saab

Escrito por: Redacción Diario del Huila | noviembre 03 de 2015

Así de dolorosa esta palabra, como el título de la cruda investigación de Martín Caparrós, condensada en su libro: El Hambre. Así de aterradora resulta la desigualdad, que golpea a millones de seres humanos marginados, pobres extremos, que cada noche se acuestan con sus estómagos vacíos. 

El hambre, describe Caparrós, “ha sido desde siempre, la razón de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones y contrarrevoluciones. Nada ha influido más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Todavía ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre”. Pocos lo saben.    

Actualmente, existen en el mundo casi 800 millones de personas en estado de desnutrición crónica. Cada día mueren 25 mil personas por causas relacionadas con el hambre; una cruel paradoja en este mismo planeta que dilapida sus riquezas y que tiene el potencial agrícola para alimentar al doble de su población.  

Pero el hambre no sólo cobra vidas, también limita el futuro de los que sobreviven. Hay una estrecha ventana de oportunidad para los niños que padecen desnutrición; sus primeros 1000 días de vida. Si dentro de ese tiempo no se atienden y recuperan sus condiciones de peso y de talla, si no reciben una alimentación saludable, estarán condenados a un retraso irreversible de sus facultades mentales. Jamás tendrán capacidades plenas para el aprendizaje. Serán adultos relegados a trabajos básicos, apenas para sobrevivir, y engrosarán esa viciosa espiral de pobreza y subdesarrollo de nuestros países. Un hambre que no termina nunca.  

En el año 2000, 189 naciones definieron los “Objetivos del Milenio” en procura de un mundo más justo. El objetivo número uno, se propuso erradicar la pobreza extrema y el hambre, con metas e indicadores, a fin de medir y evaluar los avances y cumplimientos en este desafiante empeño. Quince años después, los balances arrojan logros, aunque todavía insuficientes.

El progreso más rápido se registró en América Latina, debido a la reducción del hambre en países como Brasil, Chile, Nicaragua, Perú  o Venezuela, en los que se ejecutaron ambiciosos programas integrales de nutrición, con apropiados diagnósticos y seguimiento. Ofende saber que un país como Colombia, generoso en recursos naturales, presente resultados tan precarios en la lucha contra el hambre. Más de 4 millones de colombianos subalimentados, y cientos de niños que mueren anualmente por hambre y  enfermedades asociadas, son una realidad inaceptable.

Simplificando, hay dos caminos principales para luchar contra el hambre: en primer lugar, a través de un desarrollo económico incluyente, con transferencias sociales que brinden oportunidades para mejorar los medios de vida de la población pobre. El segundo, suministrar directamente a las personas más necesitadas los alimentos esenciales para un buen estado nutricional, pero mediante programas de protección social que fomenten la educación y la participación comunitaria, de manera que los beneficiarios se conviertan en protagonistas de su bienestar.   

De lo que se trata ahora es de superar los fracasados modelos asistencialistas, que no sólo favorecen la corrupción de los intermediarios, sino que hacen a los más pobres dependientes perpetuos de su pobreza.