lunes, 13 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-03-20 08:46

Guillermo Vargas Cabrera

Orlando Mosquera Botello

Escrito por: Redacción Diario del Huila | marzo 20 de 2016

Solo con mente sana se puede desarrollar voluntad fuerte, sabia y buena. La voluntad bien encaminada crea circunstancias favorables en todo momento, en la dificultad permite mantener la calma para actuar con justicia, en la tentación agudiza el discernimiento evitando el error, en el éxito da galanura ante el adversario y en momentos de calma y análisis permite que emerja la sugerencia distinta, práctica y real.

Esa voluntad fortificada con el amor, la inteligencia, la abnegación y la ternura de una esposa, es la que permite triunfar en todo y dar parte de victoria cuando los años avanzan. En este entorno de virtudes y éxitos, el maestro Guillermo Vargas Cabrera y doña Nohemí Tovar de Vargas, celebraron ayer sus Bodas de Diamante, rodeados de hijos, nietos, bisnietos y amigos de toda la vida.

Siempre he escuchado hablar bien de Guillermo Vargas Cabrera, mi padre quien lo trató desde niño, lo calificaba de real amigo y excelente estudiante. A parte de haber sido condiscípulos, fueron vecinos de finca por más de cuarenta años. Tuvieron la fortuna de cursar sus estudios en el Colegio Santa Librada, cuando era dirigido por el padre Octavio Hernández, y los grados elementales estaban a cargo de los profesores Víctor Trujillo y Víctor Perdomo.

Abraham Villaneda, Luis Francisco Cifuentes Romero, Rafael Luque, Pedro Pablo Anzola, Wenceslao Huergo, Félix María Chavarro Cardoso, José Joaquín Galindo, y Arturo Acuña, hacían parte entonces de la excelente nómina de profesores libradunos.

Entre sus condiscípulos se cuenta a Mario Gaitán Yanguas, quien fuera catalogado en su época, el Cancerólogo más importante de América Latina. Dirigió el Instituto Nacional de Cancerología de 1957 a 1974, siendo luego vice-Ministro de Salud. También Gustavo Salazar Tapiero, Gobernador del Huila en dos oportunidades, miembro de la Corte Suprema de Justicia y Concejero de Estado durante once años.

Guillermo Vargas Cabrera obtuvo el Título de “Director Técnico de Agrupaciones Escolares” en la Universidad Nacional, y escaló posiciones desde profesor de primaria hasta la Dirección de Educación Pública, hoy Secretaría Departamental de Educación.

Fundó el Instituto Bolívar en 1952, establecimiento que inició con primaria aprobada por Resolución 2607 del mismo año. En 1956 abrió el primer año de bachillerato, en 1958 amplió sus cupos hasta cuarto y en 1966 entregó su primera promoción de bachilleres, obteniendo su aprobación según Resolución 2558 de septiembre 12 de 1966, emanada del Ministerio de Educación Nacional. Los pasos se fueron dando en la medida que consideraba tenerlo todo para brindar una buena educación. Desde el espacio físico amplio, la nómina de licenciados nada fácil de conseguir en la época, hasta los laboratorios de Física y Química tan completos, los implementos deportivos y hasta una banda de guerra grande y estruendosa con variedad de instrumentos.

Los Licenciados Arturo Espinosa Celis, Leonardo Cleves Ortiz, Efraín Polanía, Gabriel Muñoz, Humberto Cabrera, Marcos Poveda, Juan Pérez, y el sacerdote Marco A. López, entre otros, hicieron parte de esa nómina de lujo que tuvo a cargo la enseñanza del bachillerato. Debo resaltar hoy la vocación pedagógica de Nohemí Vargas de Sandino -hija del profesor Guillermo-, Bioquímica de encanto didáctico, pleno de estrategias para que el alumno no olvidara jamás lo enseñado. Bella, delicada, pausada, seria, estricta, justa en la nota, explicita y conocedora del tema.

No era para menos, su madre, doña Nohemí Tovar de Vargas, era la encargada de iniciar el proceso magistral con aptitud plena, ternura y dedicación admirable. Miguel Ramírez, Víctor Dussán, Serafín Medina Rico y Julio César Correa, hicieron parte entre otros del equipo encargado de la primaria.

Formó el Bolívar excelentes alumnos, por corto o largo tiempo que haya sido el paso por el colegio, en mente y corazón se lleva la impronta del bien, la disciplina y el saber.

Cuando uno observa detenidamente al profesor Vargas Cabrera, fácilmente llega a la conclusión que su personalidad cumple con las claves del éxito. Tiene la virtud de la templanza -no comer hasta la saciedad, ni beber hasta la exaltación-, lo mismo que la utilización del silencio para evitar las conversaciones fútiles. Tiene indiscutiblemente el don del consejo, siempre sus alumnos recuerdan algo especial que les marcó profesionalmente. También esgrime la virtud del orden reflejado en su manera de vestir, en la administración efectiva de su tiempo y en su austeridad sin caer jamás en la avaricia.

Siempre lo vimos ocupado en algo útil, realizando las cosas como deben ser, es decir, sin apelar al engaño y sirviendo siempre que se pudiera. Enemigo de la chanza pesada, serio, cabal, comprensivo y condescendiente. Daba como profesor especial trato a las niñas y alumnos de primaria. Sin mayor esfuerzo y con fuerte voz, bastaba una orden para callar el colegio en pleno recreo, cuando por prevención o algo anómalo se presentaba.

Siempre ha sido un hombre de fuerza, solía llamar la atención a sus alumnos castañueliando duro su dedo corazón contra la palma de su mano, llamado de atención al que agregaba una mirada fija que exigía obediencia inmediata.

Pero cuando las cosas salían bien, sonreía permanentemente con cierto orgullo sano que no le cabía en su traje blanco, especialmente cuando el colegio sobresalía en los eventos externos.

Su integral preparación le permitía ingresar a cualquier salón en caso de faltar un profesor, continuando desde luego en forma inmediata, con los temas programados. “A mí por donde me chucen silbo”, decía con cierta vanidad, demostrando inteligencia polifacética.

Acostumbraba pasearse frente a los salones para observar la disciplina, y con respeto darse cuenta que tan preparada estaba la clase. Llamaba por su nombre a todos sus alumnos, de los cuales conocía ampliamente su rendimiento, lo mismo que a sus respectivos padres. Odiaba escuchar un apodo.

Como a todos los de su generación le encantó el campo, “El Espino” fue el espacio en el que impidió que el estrés lo abordara. El bosque seco tropical lo convirtió en oasis, arropándolo con un inmenso lago donde desarrolló la vocación por la ganadería vacuna y caprina, la anadecultura y un poblado palomar.

Si todo lo realizado por Guillermo Vargas Cabrera ha sido excelente, su matrimonio con mayor veras ha sido calificado siempre por la sociedad huilense como ejemplar. Por eso solo resta felicitarlos de nuevo por sus Bodas de Diamante, y decir a sus hijos: Guillermo, Flavio, Elsa, Nohora, Alberto, Mario, Julieta, Ángela, Melva y Héctor; a todos sus nietos y bisnietos, que son unos privilegiados de la vida, en la seguridad que Nohemí hija, alaba y adora en este momento a Dios, dándole gracias por los padres que el Creador les asignó.           

Guillermo Vargas Cabrera, el día que fue condecorado por el Presidente de la República Misael Pastrana Borrero, como uno de los mejores educadores del país.

Con su esposa Nohemí Tovar de Vargas.

Nohemí Tovar de Vargas.

Guillermo Vargas Cabrera

Entre nueras y yernos.

Entre familiares.