Guerrillero santista
Por Dilberto Trujillo Dussán
En la última columna que publiqué, una persona escribió este comentario: “le dolió la marcha guerrillero santista”. Pensé mucho sobre esta frase y concluí que nada sacamos con desarmar la guerrilla sino se desarman los odios.
Una frase sin ningún contenido, decirle a Santos guerrillero es como decir que el Papa es comunista porque lleva la iglesia a sus orígenes, la lucha por la libertad y por los pobres. Santos es neoliberal, su modelo minero energético es de entrega de la soberanía, no hay nada de izquierda en él, pero hay que resaltar que se la está jugando toda por lograr el fin del conflicto armado y en eso hay que respaldarlo totalmente y sin ambigüedades.
En Colombia siempre ha existido un sector que ha instigado la violencia, quizá para mantener divididos a los colombianos y defender sus intereses y ampliar sus riquezas. Este sector debe responder por sus actos como un factor determinante en la guerra.
Desarmar la palabra hoy es tan necesario como acabar la guerra; no podemos olvidar que este clase de palabras hicieron que miles de colombianos fueran asesinado por demandar sus derechos; quienes exigieran tierra para trabajarla, mejor calidad de la educación, acueductos o salud inmediatamente eran tildados de comunistas o de “guerrilleros camuflados”, quien trabajara como defensor de los derechos humanos era “traidor a la patria y un guerrillero agazapado”. Cuántos colombianos podemos hoy recordar y que fueron asesinados por el odio atizado por este tipo de frases: Jaime Garzón, Eduardo Umaña, Álvaro Gómez, Bernardo Jaramillo y la lista se nos haría interminable.
Hoy deberían también desmovilizarse aquellos que con sus señalamientos y palabras han causado tantos muertos, para ellos también debería haber un juicio político porque son tan responsables como quienes apretaron el gatillo; la responsabilidad es de quienes instigaron a asesinar, desplazar, amenazar como de quienes dispararon contra todos aquellos que fueron señalados por los “atizadores de la guerra”.
A la par de la zona donde se concentre la guerrilla y entregue sus armas, debe existir una zona donde todos los que han asesinado con la palabra también descarguen y desarmen su odio.
Esta semana el presidente Santos ha dicho algo que sin lugar a dudas demuestra hasta dónde van los diálogos con las FARC, “así supiera donde está Timochenko, no daría la orden de bombardear”; que bien presidente, ese es un gran compromiso con la paz de nuestro país y esos gestos obligan a las FARC a hacer acciones que demuestren que la guerra ya llegó a su límite y que hoy no tiene sentido y que por ello es necesario acabarla. El cese al fuego bilateral, la frase de Santos de no bombardear a Timochenko nos dan un buen pálpito de lo que puede venir.
Desmovilícense señores atizadores de la guerra, dueños del odio eterno, entreguen sus palabras venenosas y ayuden a construir una sociedad de paz y justicia social.
