Fútbol y literatura
Las semifinales de la Champions League, en Europa, destacaron a cuatro estrategas del fútbol: Carlo Ancelotti, el italiano tranquilo del Real Madrid; José Mourinho, el portugués irascible del Chelsea; Pep Guardiola, el aséptico catalán del Bayern Munich, y el cholo Diego Pablo Simeone, el chico de barrio del Atlético de Madrid.
Cada uno de ellos, a su modo, representa un estilo de fútbol, que es a su vez un modo propio de ver el mundo y de plantarse en él, y por eso responden también a un tipo específico de escritor.
Ancelotti es un hombre elegante y silencioso, que nunca pierde la compostura y que, en consecuencia, parece habituado al triunfo, por el cual expresa incluso un cierto aristocrático desdén. Sus trajes oscuros y su corbata, sus abrigos de cachemir, sus elegantes bufandas y sus zapatos harían pensar, sacándolo de contexto, de que se trata de un ministro centroeuropeo. Acostumbrado a grandes equipos y a tratar con los más costosos jugadores, es un hombre amable que recuerda a escritores como Mario Vargas Llosa o Sergio Pitol, ambos de gran educación y “saber estar”, y que en el terreno construyen monumentales y refinadas catedrales.
El talento irreverente y retador de José Mourinho, en cambio, recuerda la altanería de Bukowski, o de otro modo a mi admirado compatriota Fernando Vallejo, cuyas novelas son verdaderos golpes a la mandíbula de la sociedad bienpensante y que, al hablar, no tiene el menor reparo en expresar odios y en lanzar afrentas a quien considere conveniente, sin hacer el mínimo cálculo ni oponer ningún filtro. Al igual que Vallejo, también Mourinho se gana enemigos cada vez que abre la boca, pero su fútbol es rápido, despiadado, preciso.
Pep Guardiola, de nuevo, nos sumerge en un mundo de apacibles simetrías, de juegos de prestidigitación racionales y culteranos, que más que evolucionar sobre el terreno buscan crear formas que dialogan con lo mejor de otras épocas del fútbol: el Brasil del setenta, la Holanda del setenta y ocho e incluso la Italia de Paolo Rossi. Su intertextualidad recuerda la prosa de Vila Matas, juguetona pero mesurada, donde nada escapa a un cálculo estricto dictado por la pasión y la relectura de grandes obras.
El cholo Simeone, en cambio, está más cerca del realismo sucio, y por momentos del realismo socialista. Yo diría que es el fútbol de izquierda del que habló Vásquez Montalbán, con un equipo que aún prescindiendo de sus grandes estrellas puede lograr increíbles hazañas a punta de tesón y sacrificio. Una arenga de Simeone es casi un mitin político, dicen. Su fútbol no es muy vistoso, tampoco elegante. Es sólo efectivo y directo. Un fútbol sin metáforas ni adjetivos. Está entre El acorazado Potemkin y la prosa de Juan Rulfo, aunque con algo de la picardía de Roberto Artl.
El elegante Ancelotti vencía a Guardiola el mismo día en que Vargas Llosa, su equivalente en las letras, inauguraba la Feria del Libro de Bogotá, y al día siguiente el cholo Simeone sacaba de taco a Mourinho. Ahora quedan sólo dos: la sombra elegante y vargasllosiana del técnico de la Casa Blanca, versus el acorazado Potemkin del cholo, con sus mejillas picadas por el acné juvenil —como las mías— y su fútbol rulfiano, que parece inspirado en la IV Internacional Socialista. ¡Adelante Simeone!
