miércoles, 15 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-07-30 07:12

Fortalecillas

Por Diógenes Díaz Carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | julio 30 de 2015

Dicen que entre la entrada sur de Fortalecillas y el río los conductores trasnochados, que viajan rumbo a Tello o Colombia, pueden encontrar a una mujer parada al borde de la vía. No a todos levanta la mano. Quienes la rebasan jamás han podido ver su rostro, pues cubre su cabeza con un velo negro de muselina. Dicen que Elizein Cano, antes de ser Alcalde de Baraya, alzó la mujer. Ella abrió la puerta posterior del vehículo y se sentó con recato en el asiento posterior. Elizein no había dormido. Cuando miró por el retrovisor para enterarse de los rasgos de la mujer, solo vio un hueco oscuro debajo del velo. Frenó, entonces y, se desmayó sobre el volante. De allí los vecinos lo sacaron por la persistencia del pito. Duró varios días con la mirada extraviada, sin pronunciar palabra, jamás habla del asunto. “Cosas de la vida”, apenas dice.

Es que fortalecillas es algo más que petróleo, cemento y mármol. Hay en su aire una nostalgia venida de los besos del río de la Magdalena, que pasa por su cercanía cargado de brisa y calor, en esos mediodías calcino cuando sus habitantes sombrean bajo los almendros. Ven desde sus miradas macilentas el platear inclemente del sol sobre la carretera hacia Colombia, hacia el llano, con el hervor inclemente de ser la entrada de La Tatacoa. Hacia el norte se abre el mar de arena, los cactus como hombres solitarios vigilan la frontera entre el color tostado del desierto y el verde caprichoso que se profundiza hacia la cordillera. Serpientes, lagartijas y comadrejas merodean por ahí. Antes encontraban babillas.

Las mujeres cuentan historias mientras muelen el maíz para los biscochos. Callan cuando amasan el almidón de achiras. Son secretos. Puede fermentarse si por accidente cae una pizca de saliva, y resultaran unos panecillos agarrotados sin la crocancia que les da su prestigio. Es toda una labor, incansable. Moler, cernir, juntar, mezclar, amasar, armar, hornear. Grandes bateas de guayacan reciben los panderos. Es lo típico. Es la cultura que se fortalece, que mantienen. El horno de barro calentado con maderos de guásimo y gualanday. Los biscochos asados en hornos a gas no saben igual. En ningún otro sitio se encuentra un bizcochuelo tan delicioso, suave, espolvoreante. En ningún otro lugar se puede encontrar un totumo con ariquipe delicioso.

Las leyendas en Fortalecillas resultan de la labor diario del horneo. De los hombre y la mujeres que se reúnen para actualizar las historias. Refrescan los días con guarrús. Celebran las efemérides con asado de cerdo, insulsos y arepitas de arroz para mitigar el desborde de anisado.

Vale ir a Fortalecillas. 13 Kilómetros al Norte de Neiva. 20 minutos por una vía en buen estado. Para llegar al puerto de la delicia culinaria, la variedad de su cultura, el sentimiento del típico huilense orgulloso de su tierra, cuidador del río inmenso de la patria.

*(Del libro Sitios del Huila)