Fernando Soto Aparicio
Diógenes Díaz Carabalí
Fernando Soto Aparicio murió mientras yo intentaba escribir unas palabras como sencillo homenaje a su memoria. Es de esas cuestiones que uno piensa que no van a suceder, sabiendo que suceden. Bendita muerte que nos lleva a todos, “pues que asy es que a morir abemos”, como dijera el poeta español Ángel Lasso de la Vega y Argüelles, cita ineludible que Soto Aparicio esperó con valentía, como un roble viejo que se niega a caer.
Esa ineludibilidad lleva a mirar con nostalgia el trasegar del hombre que enseñó a caminar erecto, a balbucear frases, a ingerir espíritus de profundidad desconcertante, como manera de decir y de buscar, de enfrentarse a las barreras cotidianas. Fernando Soto Aparicio es sin duda el escritor más leído desde las fronteras de lo popular, desde los instintos de lo desconocido, tanto como lo fue Vargas Vila en su tiempo, como lo es ahora García Márquez, sino que Soto Aparicio es leído en las goteras del populacho, desde la inquietud del inocente, desde la falda raída de la mujer que sirve como reposorio, desde la clandestinidad ventilada a voces.
Canta a la catástrofe, esa invisible, la que ha minado la moral de una sociedad ausente de historia, de memoria, de callos en las manos para identificar los partos doloridos de su trasegar impetuoso por los caminos de una parafernalia hecha con destino al olvido. Fernando Soto Aparicio carpinteaba en las ramas más bajas de los árboles secos, como un pájaro increpante, un carpintero de discretas plumas, sin lo mediático de un reconocimiento; de un autodidacta que apenas cursó cuarto año de primaria y llegó a profesor universitario.
Seguí sus pasos por esas coincidencias de la admiración vertical, teorema matemático, para esculcar en su diatriba que nada derribó; el encuentro con una tragedia cultivada a mansalva y reconocida de un iconoclasta. Accesible en su trato, ese cachaquismo paramuno, próximo a las estrellas de donde miraba el trasegar de las bestias y los elefantes sobre un suelo débil y que pasan de incógnito. Intercambiamos frases, sin identificar apetencias, pulsos de un par coincidente, él sostén de algo que hizo y haría; yo incrédulo por lo inútil de decir cuántas son cinco. Vuelvo la mirada y está vivo quien no temía a la muerte en unas pastas amarillas que conservo en la biblioteca, y regreso aquí, a la pantalla frente a la que pulso para encontrarme con ese rostro curtido del Facebook, donde invita a caprichos, a tonterías, tal vez porque nunca dejó de ser niño, diciendo: “Y esperare la muerte -Amiga muerte- mientras afuera llueve”
Para decir que leí “La rebelión de las ratas” antes de aprender a leer. Un adivinar monosílabos hasta formar palabras. Desde entonces cabe Fernando Soto Aparicio en el corazón estrecho de mis preferencias. Y no sé por qué su partida física la entiendo como normal. De pronto porque nos enseñó a morir; a dejarse llevar por el fortuito encuentro de volver sobre la nada; o de volver al padre como lo dijo Jesús cuando anunciaba su sueño premonitorio. Tampoco lo extraño. Tengo sus libros. Y el recuerdo de su rostro que sabía sonreír; y de sus manos que sabían estrechar.
