Fanatismo
Por Gloria Cepeda Vargas
Fanatismo, obcecación, intransigencia. Superstición, delirio, cuadratura mental, todo colgado a numerosas etcéteras que riegan sobre estas multitudes huérfanas, su melifluo son.
Desde mi cueva intento mirar, pretendo escuchar. Digo intento o pretendo porque todos, viejos, jóvenes, blancos, negros, mujeres, hombres o mixturas sexuales, portamos la necesidad de imponer nuestro criterio casi siempre integrado por caprichitos, fabulillas, virulencias mentales, seseras congeladas.
A esos arrebatos tan personales y poco creíbles, se les encasquetaron calificativos como ciencias políticas, económicas, sociales, antropológicas. Tropezones filosóficos, licencias poéticas o derechos de género, que al fin de cuentas no son más que saltos magistrales o zambullidas oportunas. La academia los vistió y los tsunamis sociales como la iglesia, la moral, el dinero, la política o el poder, los engendraron, apalancaron y consagraron en calendarios, vademécums o fórmulas que de ocasionales adquirieron categorías eternas. Y como es más fácil vivir sin pensar, nos fuimos recortando y engrosando para encajar en el molde. Todos, doctos e ignaros, caímos en la trampa tendida por nuestra propia naturaleza. Ahí, como las ballenas, salimos a la superficie a respirar para sumergirnos después hasta nuevo aviso.
Los cuatro puntos cardinales del planeta Tierra cruzan en la misma burbuja. Nuestra vocación de títeres manejados a su vez por otras marionetas, nos permite correr sin jadear. Falso que la sinrazón nos precipite a las tinieblas exteriores. Si osamos husmear por cuenta propia, estaremos condenados a la soledad-desolación que es la peor de todas.
Como todo ente primitivo, el fanatismo ostenta un poder omnímodo. Si a esto agregamos el combustible que imparte a la locomotora del instinto y los espejismos que con el nombre de utopía, ensueño, imaginación o facultad creadora nos acechan a la vuelta del camino, podremos entender por qué, primitivo como es, domina a su antojo nuestros movimientos rotatorios, celadas gravitacionales, maromas elípticas. Sibilino o vociferante, hizo suyas las directrices de la trayectoria humana: religión y política. Planificó y ejecutó guerras de crueldad y torpeza infinitas, arrasó civilizaciones, condenó al enanismo razas y mentalidades.
Han corrido los siglos. Hoy, con la amenaza de vidas convertidas en desiertos virtuales, seguimos acatándolo. La política, transformada en una anciana indigente, va de puerta en puerta. Como ella, las religiones, quizá deban su secreto poderío a la incoherencia que –como toda creación humana- las caracteriza.
Si no engendrara la intolerancia que convierte esta vida bella y “simple como un anillo” (Neruda), en horrísono campo de batalla, el fanatismo no pasaría de ser uno más de los múltiples tropezones mentales que a diario padecemos. Es de admirar su habilidad trepadora, la manera de aprovechar nuestro lánguido acervo neuronal para sacar partido, nuestra falta de ambición verdadera para convertirse en dueño y señor del universo.
Fanáticos somos, fanáticos vamos, fanáticos de la queja y el origen de la misma. Ya Luis Carlos López, el genial clarividente cartagenero, intentó salirse del rebaño con esa poesía que bajo el antifaz, hace crujir los amargos cimientos de la verdad: “Que no fume/ que olvide la lectura/ que no maldiga en ratos de amargura/ y mil consejos más de este jaez/ Como si se pudiera/ vivir a la manera/ de las calles tiradas a cordel”.
