Fabiola Lalinde
“A mí me educaron en tres principios que considero fundamentales: la verdad, el respeto y la honestidad.
El asesinato de mi hijo representa el primer caso que obtuvo una resolución de la OEA responsabilizando al Estado colombiano por ejecución extrajudicial y violación de derechos humanos que hoy ellos llaman falsos positivos”. Así habla Fabiola Lalinde a propósito del secuestro, tortura y asesinato de su hijo Fernando Lalinde Lalinde, estudiante de último semestre de sociología en la Universidad Autónoma Latinoamericana y ex militante del partido comunista.
Transcurrieron 4.428 días desde la fecha de su desaparición hasta el día de la exhumación de los restos. Se lo llevó y ejecutó extrajudicialmente una patrulla del Batallón Ayacucho de Manizales en la vereda Verdún, municipio Jardín, departamento de Antioquia el 25 de agosto de 1987. “Los crímenes de lesa humanidad no cesan en nuestro país. Hombres y mujeres son amenazados a diario por su defensa de las clases más vulnerables y desamparadas; por denunciar los atropellos de toda índole que se cometen; por exigir verdad y justicia e impedir que el manto de la impunidad cubra los actos atroces que se perpetran en esta particular democracia”. Con estas palabras, pronunciadas el 10 de marzo de 2011, recibió Fabiola Lalinde la distinción “Antioqueña de Oro” por su incansable vocería en pro de las familias que sufren la tragedia de la desaparición forzosa. La Operación Sirirí liderada por ella y su actitud solidaria con las madres que se enfrentan a este dolor sin calificativo, la acreditan como personaje emblemático del valor de la mujer colombiana y de su lucha por la justicia y la dignidad.
Fabiola debió jubilarse antes de tiempo para dedicarse a encontrar al hijo. Durante los doce años que duró esta búsqueda, ella y sus familiares se toparon con toda clase de obstáculos: el Estado, en lugar de cumplir con su deber, los agredió de manera inclemente adoptando un comportamiento que bien podría señalarse como delincuencial.
En esta carnicería en la que todos participamos por comisión u omisión, la desaparición forzosa es más que crimen de lesa humanidad, traspié que echa por la borda nuestra cacareada racionalidad. El desaparecido se hunde en pocos minutos en un pozo sin fondo ante los ojos impotentes de quienes lo rodean y el desconocimiento de su destino que depende de manos enemigas, reta la razón y la lógica. Esta deshumanización colectiva le arrebata forma e identidad. Semi muerto y semi vivo, ¿Será en este momento hambre o frío, humillación o locura? Muere todos los días y todos los días resucita; no tiene lengua y sus palabras convocan multitudes; no tiene ojos y mira cómo nos derrumbamos. Es la única criatura que sigue caminando sin pies. Por eso es tan honrosa la actitud de Fabiola Lalinde. Mujeres como ella sostienen este andamiaje de fieras y turpiales y reivindican el valor del espíritu hasta más allá de la sangre, el sudor y las lágrimas.
