Extraviada
Gloria Cepeda Vargas
Un aleteo imprevisto fue la primera señal de su presencia. El silencio de la casa acrecentaba mi desconcierto. La pequeña mariposa, tan asustada como yo, golpeteaba a ciegas intentando escapar a mis manotazos enloquecidos. Al fin, después de luchar inútilmente, salí de la habitación. Al regresar la vi acorralada entre el computador y la impresora como si intentara camuflarse con la sombra de la pared. Era una mariposa de alas blancas salpicadas de azul. Una metáfora de la hermosura que jamás manos de hombre o mujer, podrán crear.
Apagué la luz y me dormí. Al despertar al día siguiente, la busqué con la mirada. No estaba, ni una mota de polvo que denunciara su paso de aire y flor. Hasta la lluvia monologaba con indiferencia.
Al mediar la mañana, la encontré moribunda en un rincón de la cocina. Ni siquiera intentó moverse cuando la rocé con los dedos. Tensos el pequeño vientre y la cabeza de ámbar, se apagaba en silencio.
Sentí que no podía abandonarla, entonces la levanté para depositarla bajo el primer rayo de sol que cuadriculaba la ventana. Así le será más soportable el frío de la muerte, pensé. Y se quedó dormida con las alas caídas sobre el piso, las patitas cruzadas en un ángulo trágico, por primera vez a salvo del peligro creado por nuestra pequeñez.
En lo que quedaba del día, intenté en vano desempolvarme. El aleteo de la noche anterior me quemaba el oído. Quizá si no hubiera sido tan torpe – me decía- ella habría reaccionado de otra de otra manera. Tal vez soy la causante del manotazo que la pulverizó en un mundo de seres ciegos y sordos como yo.
Esto que quizá sucede a diario y en forma inadvertida, es un episodio aleccionador. La mariposa de esta sencilla historia debió entrar por la ventana y al intentar volver a su morada, se extravió. Por eso se puso en evidencia con lo único que poseía: el golpeteo delirante de su vuelo en territorio enemigo.
El mundo es un rompecabezas donde cada pieza cumple su oficio y tiene su lugar. Llevados por desenfrenados apetitos, hombres y mujeres rompimos el equilibrio territorial. Nuestros hermanos marítimos, selváticos, aéreos, poco a poco se reducen ante la arremetida de este bípedo lampiño y cruel que denominamos ser humano.
Hoy vagan a la deriva elefantes y panteras, tigres y leones, rinocerontes como catedrales y jirafas como gigantes tiernos. Las ballenas pierden la orientación ensordecidas por el ruido de máquinas diabólicas y los insectos, cuya labor aséptica y genitora desconocemos, se extravían hasta morir. ¿Será que alguna vez entenderemos que “el mundo es ancho y ajeno”, como dijo alguien que conocía el poder redentor de las palabras?
