Estamos al borde del abismo
Carlos Tobar
Si algo ha puesto en duda nuestra capacidad como especie de sobrevivir en el planeta Tierra, es la impotencia con la que enfrentamos los actuales cambios en el clima. Ante las altas temperaturas que nos agobian por estos días, fuera de quejarnos o rogar porque llueva, no tenemos una respuesta activa –propositiva, como se dice ahora–. Generaciones como la mía, crecimos con la creencia errónea de que la naturaleza era infinita, ilimitada. Nos rodeaban las mismas montañas pero con árboles, recorríamos los valles surcados por ríos bravíos siempre con agua suficiente, admirábamos y gozábamos la fauna y la flora exuberantes. Vivíamos en este medio abusando de la riqueza de la naturaleza, porque nunca nos pasó por la cabeza que pudiera acabarse: tal la dimensión inconmensurable de bosques, peces, aves, insectos…Fue tanta la imprevisión, sobre todo en la ocupación y uso del territorio para formar comunidades, producir alimentos, abastecernos de agua y energía, etc., que terminamos haciéndole daño, ojalá no irreparable, a los ecosistemas de nuestro entorno.
En los últimos 50 años, la transformación ha sido dramática. Con el crecimiento de la población –Neiva pasó de ser una ciudad de 60.000 habitantes a comienzos de la década de los años 60 del siglo pasado, a bordear los 500.000 habitantes y, el Huila de 150.000 habitantes a cerca de 1.200.000 habitantes–, con el acortamiento de las distancias por el mejoramiento de las comunicaciones y los medios de transporte; con la explotación intensiva de todo tipo de recursos, especialmente los minero-energéticos con el petróleo a la cabeza; con el desarrollo de la explotación agrícola y pecuaria donde el café y el ganado juegan un papel preponderante; con la explotación irracional de bosques para extraer madera, una práctica de la que hasta ahora empezamos a comprender sus consecuencias nocivas; con la cultura de la “potrerización” de las fincas porque valen por ellos no por el agua…, pero sobre todo porque la educación y el conocimiento necesarios para el uso del territorio y, de manera especial, de los suelos no ha estado en nuestras manos, ni ha sido una de nuestras prioridades, terminamos arrasando los ecosistemas casi hasta su extinción.
Las causas del deterioro ambiental, son muchas más que las que en apretado resumen he reseñado atrás y están relacionadas con las de nivel planetario. En lo que nos corresponde, el inventario es una de las tareas que los ciudadanos, colectivamente, estamos obligados a hacer sector por sector, zona por zona, cuenca por cuenca,…porque la naturaleza de manera implacable nos está empezando a pasar cuenta de cobro. Lo está haciendo de la forma más brutal: nos amenaza con quitarnos el agua, que es la fuente de la vida.
En el fondo lo que está fallando es el sistema social basado en la irresponsabilidad individual. “Lo mío es lo mío y lo demás no me importa”. Cuando, por lo contrario, el ser humano es por esencia un ser social, que sobrevivirá si recuerda que la cooperación ha sido la fuerza formidable que lo ha traído hasta el tiempo presente. El reto es superar el desenfoque de los valores de la apropiación privada del producto social, del “cuanto tienes cuanto vales”, de “el que se queme sople”. Repito, solo la cooperación como método para abordar los intereses supremos de la sociedad humana, empezando por nuestro entorno ecológico y las desigualdades sociales, nos permitirá garantizar las condiciones de sobrevivencia. ¡No hay otro camino!
