Espiritualidad sin Dios
Froilán Casas
En la cultura de los pueblos no siempre hay evolución, con frecuencia hay más bien, involución. Estamos, en esta ciudad secular, ciudad sin Dios, el dios es el hombre, volviendo a la era pagana. Ahora se le da culto a la naturaleza: aguas, montañas, bosques y naturaleza en general se han vuelto objeto de adoración. Se busca “cargar las baterías” en el contacto con la naturaleza, no en forma de apreciarla y admirarla, sino el de darle culto. Aparecen los matrimonios en las playas para que las olas lleven y traigan el amor, se buscan los valles y montañas para sentir la fragancia del idilio: el amor no se fundamenta en la persona sino en los nuevos amuletos de una sociedad sin Dios. Se hacen terapias de control mental con programaciones neurolingüísticas y control emocional. Aparecen escuelas para responder a las enfermedades sicológicas, propias de una sociedad de consumo y centrada en el tener, en donde el hombre con el apoyo de los nuevos gurús del control emocional, de la superación de trastornos y desequilibrios emocionales, ofrecen la panacea de las respuestas salvadoras que sacarán al hombre de su depresión y su inanición espiritual. El hombre ante este vacío, paga lo que sea. Es como cuando uno tiene un hambre “canina”, come hasta piedras. Se pierde todo criterio de discernimiento y toda decisión está marcada por el sentir. Se busca el control a las insatisfacciones de la vida en el propio yo: es un conocimiento autosalvador sin ninguna relación trascendente. Esto no es nada nuevo en la cultura de los pueblos. El gnosticismo que nació en los ambientes orientales y fue traído por Alejandro Magno en sus incursiones a las tierras bañadas por el Ganges y en un sincretismo con la filosofía griega, ofrece unos nuevos caminos de liberación personal. Hoy se ofrece una oración estrictamente personal en donde el hombre se concentra en sí mismo y, de alguna manera siente el gozo de encontrase consigo mismo sin ninguna relación con el medio externo. La figura de un Dios personal que exige un cambio de conducta, queda diluida y en su remplazo aparece la nueva sicoterapia que lleva al hombre, como un placebo, a sentirse bien. Lo que importa es el ser personal, el entorno social no cuenta. La persona de Jesucristo, Dios encarnado y paradigma humano de la realización del hombre no cuenta. Los objetos inanimados no me exigen respuesta personal, ellos hacen lo que yo quiera, es una espiritualidad marcada por el individualismo sin ninguna religión, es decir, sin ningún religare con un Dios trascendente. Es una nueva forma panteísmo, ver en todo a Dios y finalmente, negar a Dios; Dios queda diluido en la naturaleza sin ninguna incidencia social; es un nuevo narcótico que aparece como sustituto en la búsqueda innata del hombre por encontrarle sentido a la vida. Hoy se busca todo “light”, ligero, sin ningún compromiso: una nueva “religión gaseosa” de contacto con la naturaleza y con el propio yo. Es una nueva versión de la “religión es un asunto meramente privado”. Esas espiritualidades son una nueva forma de ateísmo.
