Eso no cambiará
Helber Mauricio Sandoval Cumbe
No quiero recabar en la manida recordación del ambicioso espíritu humano y la historia de sus consecuencias que terminan en daños cada vez más devastadores auto infringidos.
Desde la misma Roma de la antigüedad hemos dado cuenta del poder autodestructivo de la guerra, la ambición y la codicia. En la edad media fue el humano espectador del poder que con cierto engaño logró la iglesia católica, el que aún hoy conserva por el maravilloso influjo que la ideología ejerce sobre las fibras más sensibles de la inteligencia humana.
En años anteriores confirmamos que en Colombia también podían existir dictadores cuya melancolía de poder los lleva a cambiar ostracismo por protagonismo populista. Ésta semana confirmamos que la corrupción no es monopolio nuestro sino que se da y a gran escala en países tan fuertes como Brasil.
Por eso no creo en personajes mesiánicos, fortunas express y menos aún que existan coterráneos más dotados que otros. Como diría Jokoi Kenji, ni los japoneses son razas superiores; yo agregaría que precisamente su disciplina y desarrollo es gran generador de la hecatombe ambiental que tiene hoy la humanidad.
Sí creo en cambio que hay algo común en toda ésta película humana: Nuestro marcado individualismo; gracias a él parqueamos cómodamente nuestro vehículo en la calle sin siquiera pensar si el espacio restante es suficiente para otros y hasta creemos que el solo discurso de lograr una paz anhelada durante más de medio siglo es suficiente para arremeter con un proceso del que muy poco estamos informados. Peor aún, gracias a ese mismo egoísmo se insta a marchas contra la institucionalidad, utilizando el influjo sobre ciertas personas creyéndose con derecho a desconocer una estructura que antes se defendió, sólo porque no se comparte una decisión judicial.
Seguramente soy un representante autentico de ese narcisismo y como muchos habré aprovechado una amistad para adelantar en la fila del Banco; y claro, dije en su momento que eso es algo de menor calado, sin siquiera conocer tal unidad de medida. Pero traigo a colación lo anterior porque desde la colonia hemos visto cómo extendemos una sábana para mostrar nuestro desmedro social y a la vez ocultar nuestra desdicha personal.
Allí es en donde nacen esos flagelos actuales de la humanidad. Pero si esa misma razón que nos hace superiores a los animales no la utilizamos para enderezar el camino, ni proceso de paz ni justicia y menos aún, nuestras relaciones con los demás en la misma calle, serán exitosas.
